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José Melero y Fran Simón

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    La realidad de Almanjáyar: “Nos escondimos en nuestra propia casa porque las balas del tiroteo casi nos rozan”

    La realidad de Almanjáyar: “Nos escondimos en nuestra propia casa porque las balas del tiroteo casi nos rozan”

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    Tiempo de lectura: 2'Actualizado 11:20

    Almanjáyar es un barrio situado a tres kilómetros del centro de Granada. Cerca y a la vez lejos de la zona de ocio de una de las ciudades con más ambiente de España. Y es que este barrio pertenece a la zona oscura granadina, al ser uno de los más degradados de Andalucía, donde personas humildes y trabajadoras malviven con vecinos conflictivos que han ido inundando Almanjáyar, donde la policía brilla por su ausencia, el correo prefiere no pisar su suelo y ni siquiera los repartidores de pizza a domicilio hacen su entrega, por miedo a que les roben.

    En este contexto ha vivido desde pequeña Mari, que mantiene en su retina algunas imágenes vividas en el barrio durante su niñez: “Iba caminando por la calle y me encontraba jeringuillas, gente pinchándose por las esquinas... Es un barrio donde las peleas, los tiroteos o los cubos de basura ardiendo forman parte del día a día.”

    Pasaba el tiempo, y Mari iba creciendo al mismo ritmo que los conflictos en la zona. Poco a poco la economía de los habitantes fue evolucionando de la honradez del trabajo al tráfico de drogas. Por ello, tras innumerables sinsabores, decidió abandonar su vivienda en propiedad junto a sus tres hijos: “El piso lo sigo manteniendo, pero soy consciente que antes o después lo perderé porque la ocuparán ilegalmente. Nadie quiere comprar el piso y es normal.”

    Mari nos ha contado que la decisión de marcharse la maduró una tarde que lincharon a su hijo de 12 años y a su sobrino: “Los dos bajaron al campo de fútbol de debajo de mi casa. Cuando me asomé por la ventana comprobé que había mucha gente jugando y me despreocupé. Unos diez minutos más tarde llamaron los dos a la puerta y tenían la cara echa un cristo, porque al parecer llegaron dos chiquillos mayores que ellos, que yo se quienes son, porque aquí nos conocemos todos, y con una excusa absurda empezaron a pegarles.”

    Lo peor de estas situaciones, relata Mari, es la sensación de impotencia, ya que no podía acercarse a los agresores de su hijo y su sobrino, por miedo a represalias: “Veo que a mi hijo le pegan y no puedo hacer nada, porque si te encaras con esos chiquillos te persigue toda la familia, y te buscas la ruina. Vives con miedo.”

    Las amenazas en Almanjáyar son de lo más corriente: “Una vez que comprobaron que podían pegar a mi hijo, apenas podía salir a la calle. Pero es que las historias que ocurren allí son diarias. Otro día llegaba yo del centro de Granada en autobús, y un par de paradas antes de llegar a mi casa algunos se liaron a pedradas contra los pasajeros, prendieron fuego a varios contenedores...”

    Vivir en Almanjáyar es, por desgracia, de todo menos aburrido. Incluso Mari nos ha relatado algunas escenas más propias de las películas del Oeste: “Lo más normal por la noche son las reyertas y los tiroteos. Y una de esas noches, hará unos dos años, me tuve que esconder con mis hijos en una habitación de mi propia casa que estaba retirada de la cocina, que da a un callejón donde estaba habiendo disparos. Algunas de las balas estuvieron muy cerca de darnos en la cabeza. Pero lo más grave de todo es que te acabas habituando a eso.”