Del brillo de las ideas al fuego del Evangelio
En un tiempo en el que todos hablamos y pocos escuchamos resuenan con fuerza las palabras del prefecto del Dicasterio de la Fe invitándonos a detenernos, a desconfiar de las certezas rápidas y de los juicios inmediatos. Mario Alcudia reflexiona sobre el mensaje del cardenal Víctor Manuel Fernández que nos invita a bajar el ritmo y afinar el corazón, recordándonos que hablar de Dios exige humildad, escucha y una profunda vida interior.

DEL BRILLO DE LAS IDEAS AL FUEGO DEL EVANGELIO | FIRMA MARIO ALCUDIA
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El Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el cardenal Víctor Manuel Fernández, pronunciaba esta semana una interesante meditación al comienzo de la sesión plenaria de su Dicasterio, el de Doctrina de la Fe poniendo sobre la mesa un tema que nos atañe a todos muy de cerca en este tiempo tan acelerado: el modo en que hablamos, juzgamos y discernimos dentro de la Iglesia.
Vivimos rodeados de voces que opinan, discuten, corrigen… voces que, a veces, suenan más fuertes que la voz de Dios. Y es fácil caer en la tentación de hablar demasiado deprisa, de juzgar sin haber escuchado, de condenar sin haber rezado. En el fondo, comentaba, es la vieja tentación de creernos dueños de una verdad que, en realidad, siempre nos supera.
El cardenal nos recordaba, además, otra actitud fundamental para la vida creyente: la humildad intelectual, esa certeza de que nuestra mirada es limitada, de que nunca alcanzamos a ver toda la realidad, y de que solo Dios abraza el misterio completo de las cosas.
Ante todo ello, nos invitaba a volver al silencio, a la escucha, en definitiva, a volver a Dios. Y así antes de hablar, orar. Antes de juzgar, mirar con misericordia
Se tata de ir más allá de las palabras y de los conceptos. A entrar en el terreno del fuego de Dios, ese fuego que no solo ilumina la mente, sino que transforma la vida. Porque la fe no es una colección de ideas correctas sino una experiencia viva.
Una reflexión como te decía que no debe ser entendida en clave de reproche sino del camino correcto de vida. Una llamada a moderar el ritmo, a purificar la mirada, a recuperar la humildad; hablar menos desde la prisa y más desde el Espíritu. Dejar que nuestras palabras nazcan del silencio en el que Dios susurra.



