“Esa extraña jovialidad de las mujeres maduras a las que se les queda la niña dentro"
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La foto de Fernando de Haro: a las que se les queda la niña dentro, a las que el dolor ha hecho más firmes
Madrid - Publicado el - Actualizado
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La foto que me ha llamado la atención hoy es de una mujer que vive en un pequeño pueblo del Chad. Se llama Zenaba y es la jefa de la aldea. Zenaba posa delante de una gasa celeste. Quizás sea una mosquitera porque dentro parecen distinguirse algunos cojines. La Zedaba viste un manto oscuro con un ribete ancho de colores, con un ribete de rayas malvas, rojas, amarillas, gualdas. El ribete se convierte en un pañuelo que rodea su cabeza convirtiendo su cara en un óvalo casi perfecto enmarcado por un filo rojo. Zedaba tiene algo hundidos los hombros, la piel del color del chocolate oscuro levemente surcada por arrugas muy elegantes. La nariz se le sumerge a la altura de los ojos y después emerge como un botón chiquito. Los ojos de Zedaba son pequeñitos pero le ríen como ríe el agua de una acequia que salta entre castaños, como ríen cuatro chiquillos jugando en un charco, como ríe, por qué si, una mañana, como si tuviera vida propia, el diafragma de un abuelo. Zedaba tiene un brillo limpio en las pupilas. No se le pierde la mirada y no necesita soñar con su infancia ni con la hora de los niños dormidos. No le hace falta. A Zedaba le fulgen los ojos y se le abre en la boca una sonrisa misteriosa, una sonrisa con dientes de plata y una timidez solo aparente. Zedaba está tan razonablemente contenta, tan extrañamente satisfecha, tan extremadamente insatisfecha que su cara de chocolate ilumina y cautiva. Zedaba tiene esa extraña jovialidad de las mujeres maduras a las que se les queda la niña dentro, a las que el dolor ha hecho más firmes. El tiempo no vuelve pero Zedaba ha pulido con los días y con los años el fulgor de sus ojos.



