
Madrid - Publicado el - Actualizado
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La foto que me ha llamado la atención la he visto en La Vanguardia. Un joven con pantalones de chándal azul, sudadera amarilla y sandalias está sentado en un sofá desvencijado. El sofá o lo que queda de él yace en la arena de una playa. El joven cruza las piernas y con un ojo mira su móvil y con el otro mira el mar. La arena rubia está salpicada por pequeños trozos de plástico naufragados, restos de quien sabe qué, tablas, bolsas de basura blancas y negras. La foto se abre siguiendo la línea de la costa: al fondo dos grandes chimeneas de una refinería que ensucian el cielo con un humo blanco; más cerca ladrillos, construcciones a medio terminar, planchas de metal, montones de cemento, espolones semiderruidos que entran en el agua. El chico de la foto parece indiferente, distraído ante tanta cantidad de basura y de fealdad. Pero su indiferencia es solo aparente, se sienta en el desvencijado sofá delante de un mar que parece agonizar, en una playa sembrada de torpezas y de violencias, para intentar no pensar, para intentar no sentir dolor. Toda esa basura es suya, suya, de sus amigos, de sus enemigos, de gente que no conoce. Pero no importa, no se engaña echándole la culpa a otros, la basura es, de un modo u otro, suya. Y finge indiferencia porque no sabe cómo volver a empezar, porque volver a empezar es imposible, porque ni él ni cualquier otro tienen fuerza para limpiar, para acabar con toda la suciedad que ha, que han, que hemos distribuido por esa playa, por todas las playas del mundo.



