
Madrid - Publicado el - Actualizado
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La foto que me ha llamado la atención igual ya las has visto porque está en todos los diarios. Está tomada en un país lejano, un país en el que desde hace días la gente con uniforme se dedica a sembrar la muerte, hay muchos ya con sangre en la frente y plomo en las entrañas, todos caminan entre fusiles. Y en las calles se oye el estruendo de los disparos y de los tanques, y muchos dicen que es preciso matar para seguir viviendo. En ese país unos hieren y otros se esconden, tiemblan, escuchan, esperan y, si pueden rezan para ver un nuevo amanecer. La foto, ya digo, está tomada en ese país lejano, en un calle desierta. Una monja vestida con habito blanco, todo su cuerpo una bandera de paz, con habito blanco y toca azul se ha puesto de rodillas. Está de espaldas, la monja es menuda, las manos pequeñas. Y extiende sus brazos en cruz delante de cinco uniformados y con munición. La monja desarmada suplica, toda su cuerpo es una petición, implora, se ofrece como víctima para que los hombres dejen de sembrar la muerte.. No le vemos la cara a la monja porque está de espaldas, vemos la reacción de los policías. Dos de ellos se han puesto de rodillas y juntan sus manos haciendo un saludo respetuoso. Los otros tres se han quedado paralizados, dudosos, no saben que hacer. Ya no tienen claro que deban seguir obedeciendo a sus jefes, ya no tienen claro que sus enemigos solo merezcan sangre y plomo, ya no está claro nada. Ya solo está claro que tienen delante una mujer pidiendo clemencia, una mujer que los ha derrotado.



