
Madrid - Publicado el - Actualizado
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La foto que me ha llamado la atención es de una fotógrafa japonesa Tomoko Yoneda. En Madrid, en la Fundación Mapfre, hay una exposición dedicada a esta fotógrafa que ha viajado por todo el mundo. El retrato está tomado en una piscina cubierta. La piscina está casi desierta. Tiene los techos altos y una pared decorada con azulejos blancos, azules y negros que hacen un dibujo geométrico en forma de barras. La piscina está limpísima y a través del agua azul se ven los otros azulejos, los del fondo. Juego de colores y de formas en el espejo líquido. A la izquierda de la escena se abre un gran ventanal. La luz es fría, frío los azulejos, fría el agua. Todo está frío como esos días en los que el tiempo parece querer lanzarnos por el desagüe del anonimato y la biología parece querernos reducir a química. Pero la foto está llena de calor, porque junto al bordillo, dentro del agua, un hombre y una mujer se abrazan. Es un abrazo discreto. La chica tiene la piel pálida y está muy quieta. El chico la rodea con sus brazos por completo. En el frío paisaje de la piscina, en el laberinto de formas geométricas que a veces parece el mundo, el tacto de la piel amada no solo consuela, no solo es refugio. El tacto de la piel amada, el olor de la piel amada, las palabras que dicen cada uno de los poros de esa piel, escritas con un acento muy diferente al propio, el tacto de la piel amada es hogar donde dejas de ser nadie para tener un nombre distinto al de todos los nombres. El tacto de la piel amada es hogar sí, pero también camino, horizonte para amar los muchos nombres de los que está hecho el resto del mundo.



