
Madrid - Publicado el - Actualizado
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La foto que me ha llamado la atención la he visto hoy en ABC. Es una foto sencilla. Un camarero con una mascarilla negra última con mucho primor una mesa para cuatro comensales. El camarero termina de poner en su sitio una de las copas: cristal y loza sobre un mantel blanco. El camarero no será recordado por los que coman en esa mesa, es un hombre discreto. Un hombre al servicio, para escuchar necesidades y deseos, para traer y llevar, para estar al tanto sin que se le note. Un hombre de esos sin los que la tierra no giraría sobre sí misma. La mesa está junto a una gran ventana por la que entra un acueducto romano, con sus piedras muy blancas, que las han limpiado hace poco, con una fila de arcos de medio punto. Es un prodigio que vuelen tan altas y tan coherentes las piedras sin juntura de argamasa. Vuelan las piedras y entran, ya digo, en la foto, por la ventana que hay junto a la mesa. Las palabras, las miradas, los recados que se digan los comensales que se sienten a almorzar se quedarán unos segundos, unos instantes, suspendidas en el aire del salón. El tiempo justo de que alguien ventile, sana costumbre la de ventilar que está ahora muy recomendada. Y se quedarán en su sitio las piedras, se quedarán como llevan esas piedras 1.800 años, muertas de envidia de los instantes fugaces de comensales, viandantes, andarines y paseantes. Instantes fugaces que parece llevarse el aire al ventilar pero que están cargados de una sombra de eternidad que granito alguno ha conocido.



