
"No se trata solo de condenar la guerra, sino de tener la valentía de construir la paz"
Escucha el monólogo de Irene Pozo en 'La Linterna de la Iglesia'
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Qué tal, muy buenas noches. Cuando comenzó la invasión rusa de Ucrania, muchos comentábamos lo que costaba asimilar una guerra en la Europa del siglo XXI. Han pasado cuatro años, y echando la vista atrás, uno se da cuenta de que el riesgo más grande no era solo la guerra, sino acostumbrarse a ella.
El Papa Francisco lo repitió incansablemente: no podemos normalizar el dolor, no podemos anestesiar el corazón ante las imágenes de ciudades bombardeadas, de familias rotas y generaciones marcadas por el miedo. Le dolía Ucrania, pero le dolía también la lógica de la violencia que se infiltra en la cultura y termina justificándolo todo.
Cuatro años después, el conflicto en Ucrania sigue abierto, y el mapa del sufrimiento es mucho más amplio. La guerra ha dejado de aparecer en las portadas de cada día, pero no ha dejado de existir. Y junto a conflictos como el de Ucrania o Gaza, que quizá dejan alguna noticia todavía, existen muchos otros, los olvidados: la devastación en Sudán, la violencia enquistada en República Democrática del Congo, el drama prolongado en Siria y tantos otros. El mayor número de conflictos desde la Segunda Guerra Mundial.
Guerras que van más allá de un enfrentamiento entre ejércitos, porque en medio del conflicto está la derrota de la palabra, la renuncia al encuentro, o la absolutización del propio interés que rompe la lógica de la relación y el reconocimiento mutuo. Y que nos sitúa ante una prioridad espiritual y pastoral.
El Papa León, desde el inicio de su pontificado, ha insistido en que una Iglesia unida es condición necesaria para ser creíble como constructora de paz en el mundo: no se puede predicar reconciliación si se vive en división. El mundo necesita testigos de perdón, artesanos de paz, hombres y mujeres capaces de romper la espiral del resentimiento.
Pero, ¿qué hacemos nosotros con el dolor del mundo? ¿Nos hemos acostumbrado? ¿Hemos reducido el sufrimiento a un titular más?
Ahora que acaba de comenzar la Cuaresma, que hablamos de un tiempo de conversión verdadera, necesitamos revisar nuestras complicidades con la indiferencia. Porque la paz no se construye solo en las mesas de negociación, sino en los corazones reconciliados. Y si algo nos enseñan estos años es que la guerra empieza cuando dejamos de reconocer al otro como hermano.
Que esta Cuaresma nos encuentre desinstalados de la indiferencia, comprometidos con la justicia y valientes para perdonar. Porque, al final, no se trata solo de condenar la guerra, sino de tener la valentía de construir la paz, cada día, desde lo más pequeño de nuestra vida cotidiana.



