"La Iglesia no es el Papa, pero no hay Iglesia sin el Papa"

Escucha el monólogo de Álvaro Sáez en 'La Linterna de la Iglesia'

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Álvaro Sáez
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¿Qué tal? Muy buenas noches. Tomamos el relevo de Ángel Expósito y de todo su equipo y continuamos aquí, en La Linterna de la Iglesia, en una semana en la que —parece mentira— se ha cumplido ya un año del fallecimiento del Papa Francisco.

«Con profundo dolor, debo anunciar la muerte...». Así lo anunciaba el camarlengo, el cardenal Kevin Joseph Farrell. El Papa de las periferias, el de la ternura, el de la misericordia, el de los vulnerables. Ponle el adjetivo que quieras, que ya te digo yo que se queda corto; porque Francisco supuso una revolución clara y evidente desde una continuidad, que es la que otorga la silla de Pedro.

Inició reformas necesarias en la Iglesia para las que, como dijo antes de su renuncia el Papa Benedicto XVI, él no estaba preparado. A veces tenemos esa manía tan humana y tan injusta de querer meter a una persona entera, con toda su complejidad y con toda su fe, dentro de una etiqueta. Etiquetas que se quedan cortas y que son reduccionistas. Su legado no cabe en un solo titular, mal que nos pese a los periodistas.

Su legado es una mirada universal que nos obligó a mirar a la periferia. Nos recordó que la Iglesia no es una aduana, sino un hospital de campaña donde no se curan las heridas de los perfectos, sino las de todo el mundo. Fue un Papa que defendió la vida y la dignidad de la persona en todas sus formas.

A lo largo de este año, he leído un montón de reflexiones estériles acerca de las diferencias entre un Papa y otro. Esa dichosa comparación: que si León es continuista, que si tiene su misma opinión sobre temas polémicos, que si lleva muceta roja o no... ¡Qué error es pensar que las diferencias de estilo o de acento son rupturas! No lo son. Son matices de una misma verdad que se adapta a un mundo que corre.

Buscar el punto de desencuentro es una falta de fe clara en la Iglesia, que no es una fotografía estática. Es un cuerpo vivo que respira y descansa sobre los hombros de una persona: del Pedro de hoy.

El aniversario de la muerte del Papa Francisco y los primeros meses de León XIV son una oportunidad maravillosa para que entendamos algo que puede parecer hasta contraintuitivo: la Iglesia no es el Papa, pero no hay Iglesia sin el Papa. El Pontífice no es el dueño de la fe ni es el centro absoluto de nuestra espiritualidad; ese lugar le pertenece a Otro. Pero, al mismo tiempo, el Papa es el nexo, es el punto de unidad, es la roca que garantiza que no nos desperdigamos como ovejas sin pastor.

Por eso, atacar al Papa —sea quien sea— bajo la excusa de defender la tradición o de exigir modernidad, es como golpear los cimientos de una casa pensando que la estamos reformando. Francisco nos enseñó que la continuidad no es repetir lo mismo, sino ser fieles a lo mismo en diferentes escenarios. Y con León estamos experimentando una sensación parecida.

Un año después de la muerte del Papa Francisco, su mensaje de fraternidad universal sigue más vivo que nunca. Celebremos el regalo de haber caminado con él y, sobre todo, recordemos que la mejor forma de honrar su legado no es hablando de él, sino viviendo como él nos pidió: con las puertas abiertas, con los pies en el barro y con la mirada siempre puesta en el cielo.

Yo soy Álvaro Sáez y, con Seguro Sumas (que suma tranquilidad), comenzamos La Linterna de la Iglesia.

Visto en ABC

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