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Luis del Val: "Cuando David se ponía el casco y se montaba en la moto, me hacía pensar que era otro tipo"

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Luis del Val

Colaborador

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 09:47

La víspera de Reyes este año cayó en domingo, y lo recuerdo, porque en la panadería Santa Mónica, donde voy a por la barra muchos días y siempre los festivos, me preguntaron por él. A Mónica y a su hermana les proporcioné una respuesta tan llena de esperanzas como de mentiras, y esta mañana, al ver su fotografía en la portada del diario El Mundo, no tuve necesidad de leer los titulares, porque ya sé, y me consta, que los periodistas son noticia de páginas interiores, cuando reciben algún premio, pero para aparecer en portada tienen que llevar a cabo el postrero esfuerzo de morirse. En eso, los directores de los periódicos son como el Ayuntamiento de Madrid, que para que te dediquen una calle exigen que no puedas enterarte.

David Gistau, ayer, dejó de luchar contra sí mismo, decidió que el árbitro contara hasta diez, y quedó tendido sobre la lona, después de una pelea que ha durado tan sólo 49 años.

Son escasos los periodistas y los poetas a los que les gusta el boxeo, así que no me extrañaría nada que Manuel Alcántara, que fue tío de Carlos alguna temporada, le lleve cualquier rato hasta el Campo del Gas, porque estoy seguro de que Manuel Alcàntara, si en el cielo saben cuándo es sábado, irá todos los sábados a emocionarse con los combates primeros, que son dónde apuntan maneras los futuros campeones.

Las apuntó David Gistau en La Razón, luego cristalizó en El Mundo, después hizo un viaje de ida y vuelta por ABC, dejando ese escepticismo inteligente, y esa habilidad para fijarse en el hilo del detalle hasta llegar al ovillo argumental. Algunas veces me recordaba a Julio Cortázar, otro apasionado del boxeo, capaz de convertir la acción ordinaria de ponerse un jersey en una aventura llena de expectación y de intriga. Creo que le gustaba más observar que opinar, porque la observación le excitaba, ponía en estímulo su cerebro, mientras a la opinión hay que despojarla de matices para que la entiendan hasta los que les cuesta entender. Le gustaba la radio, pero disfrutaba más de ella, cuando venía precedida de la reflexión del folio, donde era más David y más Gistau, donde los matices no se desgajaban, porque la vida, esa vida que se pierde en el cuadrilátero, está llena de matices y, sin  ellos, aún resultaría más difícil de entender.

Cuando se ponía el casco y se montaba en la moto, siempre me hacía pensar que era otro tipo, porque el borboteo del tubo de escape parecía difícil de convivir con esa barba acogedora, con ese aspecto de hombre bueno que cree en casi todo y acaba por no creer en casi nada.

Dentro de un rato iré al horno de Santa Mónica a por el pan. Ya sabrán la noticia, porque escuchan este programa, y me marcharé con una barra de pena bajo el brazo, porque David ha dejado que el árbitro contara hasta diez, y  ha quedado tendido sobre la lona.

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