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‘Crónicas perplejas’: “Que no hay mayor tesoro que el tiempo en el que fuimos felices”

Habla Antonio Agredano de esos tesoros que nos encontramos o que guardamos como recuerdos

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Redactor de COPE

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 11:03

En esta sección de ‘Herrera en COPE’, Antonio Agredano mezcla lo “cotidiano y exótico” con una particular visión de las cosas de la vida capaz de equiparar con lo más sorprendente en sus ‘Crónicas Perplejas’.

Los tesoros siempre son relativos. Tengo un ejemplo. Nada me hizo más feliz en mi infancia que los Masters del Universo. Ese juguete ochentero que marcó mi generación. Me sabía todos sus nombres, sus historias y cada vez que un muñeco o una nave de la colección entraba en mi casa era un acontecimiento. En Reyes, en cumpleaños, por las buenas notas, esto último no siempre… Los He-Man, como los llamaba mi padre, con sus cuerpecitos rechonchos y ridículamente musculados, eran mi riqueza. Los guardaba con mimo, el castillo de Greyskull estaba intacto. Sus espadas, sus escudos… no les faltaba un perejil.

Cuando llegó esa edad en la que todo niño abandona emocionalmente a sus juguetes, no fallé a mis He-Man. Los metí en una caja con cuidado. La precinté. Y la guardé en un sitio visible de mi armario en la casa familiar. Tanto me habían dado, que no quise que la adolescencia me hiciera despreciarlos. Pensé, era pequeño, que algún día se los daría a mis hijos. Y pasaron los años. Muchos años. Más de treinta años. Mudanzas y novias. El tiempo es hermoso y terrible.

Y llegó el día. Senté a mis dos hijos en el salón. Con mucha ceremonia. Pensé que ya tenían la madurez suficiente. Que iban a valorar mi tesoro. Abrí las cajas delante de ellos. Volteé mis muñecos sobre el parqué. Monté los castillos. Armé los cañones de las naves. Puse en pie a los dos ejércitos, ante su mirada curiosa. Skeletor y sus secuaces. He-Man y todos los buenos. Y les dije: “Disfrutad”. Pensando en que mi felicidad infantil se alargaría hasta sus infancias.

El mayor pasó directamente, y se fue a por sus Superthings huyendo de esos bichos feos, el pequeño no tuvo piedad. A la segunda desmembración de muñeco, empecé a recogerlos. Su interés se limitó a tirarles de las piernas y girar sus cabezas hasta quedárselas en las manos. No le interesaron lo más mínimo. Ni sus nombres, ni sus bandos. Mi tesoro, mis recuerdos, la fortuna que custodié durante décadas, convertida en un entretenimiento primitivo y desapasionado.

Aprendí en ese momento que no hay mayor riqueza que la memoria. Que no hay mayor tesoro que el tiempo en el que fuimos felices. Y que cada cual tendrá sus caudales, sus juguetes y sus instantes. He-Man descansa ahora en el canapé de mi cama. Cualquier día lo pongo a la venta en Wallapop. Sin tesoros emocionales, lo mismo me valdrían unos euritos.


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