Antonio Agredano y su relacíon con los deportes de riesgo: "Tengo miedo a las alturas y tengo miedo a las profundidades"
El cronista de Herrrera en COPE habla de esas actividades de alto riesgo que practican nuestros Fósforos.

Antonio Agredano
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Un persona invidente que practica parapente, un militar que tuvo un accidente de paracaidas o alguien que se tira en monopatín por una montaña... nuestros Fósforos hablan de los deportes de riesgo que practican y Antonio Agredano le pone voz y letra.
DEPORTES DE RIESGO
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Deportes de riesgo, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
Decirle a una señora que se ha colado en la caja del supermercado. No hay viento ni mar más imprevisible. Cómo será su reacción. Virulenta o calmada. Se pondrá en el sitio que debe o se irá hacia ti brava y desafiante.
Y qué hacer entonces. Insistir o desistir. Crecerse o encogerse. Buscar el aplauso de los que observan o murmurar algo y mirar el suelo como si nada hubiera ocurrido. Decirle a una señora que se ha colado en la caja del supermercado es el único deporte de riesgo que yo he practicado. Y no volveré a hacerlo nunca.
Tengo miedo a las alturas y tengo miedo a las profundidades. Sólo en el suelo me siento feliz. En mitad de ambos mundos. En el ecuador exacto de las cosas. Si algún talento tengo es la templanza. Es una palabra hermosa. Tiene la misma raíz que tiempo y, de alguna forma, están relacionadas. Porque la vida es pausa. Y es saber dónde estamos y a dónde queremos ir.
Y cuando veo a alguien saltar desde una montaña, o lanzarse a la nieve a la velocidad de un diablo, o racheando las olas, o quemando gasolina entre un incontrolable ruido, pienso en que a veces está bien conformarse con lo que uno es.
No desear lo que no se puede tener. Dejar que el miedo haga su trabajo. Quedarse, como decía, en los espacios templados de la vida. Cuando quiero algo de adrenalina, cuando quiero fatigar a mi corazón, me pongo los guantes y el casco, y hago algo de sparring en el boxeo. Suave. Controlado. Protegido. Esa es mi única dosis de incertidumbre.
Pero luego vuelvo al sofá y a las rutinas. A la quietud de las calles invernales. Al amor. Al pijama cómodo. A los altramuces. Y al brasero. Quizá la vida se perdió un gran paracaidista, pero ganó un cliente amable y ejemplar en la cola de los supermercados.



