Antonio Agredano y los problemas del campo: "Lo último que necesitan los agricultores es nuestra condescendencia"
El cronista de Herrera en COPE pone letra a las protestas del sector primario.

Campo, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
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La gente del campo y sus protestas han sido protagonistas en la hora de los Fósforos y Antonio Agredano les ha dedicado sus Crónicas Perplejas.
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Campo, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
La dureza del campo no está en los discursos, sino en las manos. No está en los parlamentos, sino en la espalda. No está en los despachos, sino en la frente y en la mirada y en las noches de desvelo y en los números que no cuadran. La dureza del campo es una bandera. Porque lo último que necesitan los agricultores es nuestra condescendencia.
Necesitan soluciones. Necesitan certezas. Necesitan verdad. Y menos prejuicios. Que les riñan menos y que les respeten más. Nuestro Gobierno manda a nuestros agricultores a una guerra con espadas de madera. Tienen derecho a protestar y tienen derecho a exigir que este mundo global esté equilibrado. Que el tablero no se incline. Que la economía no esté por encima de las personas.
Porque como todo siga así, llegará un día en el que nadie quiera cultivar la tierra. Ni recoger su fruto. Comeremos lo que nos traigan envuelto en plástico los supermercados. Y daremos por bueno su sabor inane. Hablaremos de las coles de la Vega del Segura, de los frutos rojos de Huelva y de las cerezas del Jerte como de un recuerdo lejano. No quiero que mis hijos vivan esos tiempos.
Quiero ver los surcos en la tierra y los tractores atravesando los cultivos. Quiero que el frutero de mi barrio me diga con mucho misterio: «Mira lo que me acaba de llegar de Los Palacios». Quiero volver al pueblo de mis abuelos. Y encontrarme al campo vivo. Las pocas fanegas que ellos tenían, que aún están en mi memoria. Y verlas trabajadas y produciendo.
Y acabar el día con vino, y con un tomate en rodajas bien regado de aceite. Con naranjas guachi en la mesa para el postre. Eso que no se pierda. Porque si perdemos el campo nos perdemos a nosotros. La España que sentimos como propia. Porque perdemos los paisajes y los sabores. Y se pierden las familias y los pueblos. Y se pierden las manos duras, encallecidas, esforzadas, de unos hombres y unas mujeres que hoy piden, por dignidad, ser escuchados.



