Antonio Agredano y esas palabras que le suenan bien: "Me gustan las que son como un hilo entre dos mundos"
El cronista de Herrera en COPE habla de esas palabras que nos suenan bien.

Palabras, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
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Lontananza, apocopado, perigallo o fifirichi... nuestros Fósforos nos hablan hoy de esas palabras que les suenan bien y Antonio Agredano les dedica su Crónicas Perplejas de este lunes.
PALABRAS
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Amapola suena tierna y salvaje al mismo tiempo. Me gustan esas palabras que son como un hilo entre dos mundos. Me gusta el fonema p/. Oclusivo bilabial sordo, ¿lo recuerdan del instituto? No me acuerdo de mi código postal pero sí tengo nítidas en la memoria aquellas mañanas de invierno con las clases de Lengua de Helí Ordaz a primera hora. La pe. Se cierran los labios y se detiene el aire. Y luego se libera bruscamente. Como en pompa o en Pompeya o en pamela o en Paloma, que es un pájaro horrible pero un precioso nombre de mujer.
Tienen cierto predicamento las palabras esdrújulas. Son exóticas y elegantonas. Libélula o cántaro. Lágrima, que se usa mucho en los malos poemas. Dicen que para escribir bien hay que provocar lo que no se nombra. Y que para hablar de tristeza es mejor no usar la palabra tristeza. Como ejemplo, basta con contar la historia de Juan, que, a la semana de perder a su hijo en un accidente de tráfico, recibió una llamada de la sastrería para decirle que su chaval ya podía pasarse a probarse el traje que él mismo le había regalado y ayudado a elegir para su boda. Una boda que ya jamás se celebraría.
Hay palabras que pesan muchísimo, como noche o dulzura, y otras que se escriben con ligereza, como cascabel y risa. Odio la palabra petricor. Y tampoco me gusta la palabra nostalgia, que es demasiado contundente para una emoción tan gris y espumante.
Hay palabras que ya están moribundas y que ojalá se usaran más, como piélago, que es la parte del mar que está muy lejos de la tierra. O cirigallo, que es esa persona que pasa el tiempo yendo y viniendo, sin hacer nada de provecho.
Y luego están esas otras palabras que no me gustan nada. Hablo de esas que se quedan sin decir, atascadas, como la mostaza apelmazada en la salida del bote. Esas palabras que nos ahorramos, que cambiamos alegremente por el silencio. Que luego se astillan y cortan. Creo que las palabras siempre son una llave. Y que sólo hace falta pronunciarlas para saber qué nos espera detrás de la puerta.




