Antonio Agredano y aquello que se llevó sin querer: "Poemarios, cabían por dentro del pantalón, sujetos con la gomilla del calzoncillo"
El cronista de Herrera en COPE habla de esas equivocaciones involuntarias que todos hemos tenido alguna vez.

Qué se ha llevado sin querer, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
Publicado el
2 min lectura2:53 min escucha
La manguera de una gasolinera, una señora dentro de un coche o un salchichón de un supermercado... nuestros Fósforos nos cuenta qué se llevaron sin querer alguna vez y Antonio Agredano le pone voz y letra.
qué se ha llevado sin querer
ESCUCHA AQUÍ 'CRÓNICAS PERPLEJAS'

Qué se ha llevado sin querer, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
Algún libro me llevé de alguna casa de alguna chica. Poemarios, sobre todo. Finitos. Cabían por dentro del pantalón, sujetos con la gomilla del calzoncillo. De la editorial Visor o de Hiperion. Los miro en la estantería y recuerdo el olor de sus antiguas propietarias. No me los llevé sin querer, pero casi. Estoy dispuesto a devolverlos todos, si es que me los reclaman, si es que quieren volver a verme. Me consuela pensar que ellas también me robaron algo. El tiempo o la atención. El ruido de los bares. El corazón, una o dos veces.
Nada. No es verdad. Sólo quería ser un poco romántico. Que me hago mayor y cada vez estoy más arisco. Soy como uno de esos gatos gordos y desganados que buscan un rincón alejado cuando ven que hay jaleo por casa. De aquellos pisos de estudiante sólo me llevaba la cerveza, y me la llevaba puesta, en aquellas tardes primaverales de apuntes subrayados y canciones de Smashing Pumpkins sonando en la minicadena.
Es una pena el invento de las tarjetas en los hostales. Era mejor la llave y su llavero con el número de la habitación escrito en dorado. Alguno me llevé sin querer y tuve que volver a devolverlo. Me gustan los hostales con sus lujos antiguos y su decadencia de moqueta y colcha verde. El Hostal Nuria de Madrid, donde tan feliz fui. Con sobras de comida china en el escritorio y latas vacías y la ropa desordenada a los pies de la cama. Fueron buenos tiempos. Lástima haber olvidado muchas de aquellas noches.
Si algo nos llevamos sin darnos cuenta son los años vividos. Me miro al espejo y no me reconozco. Dónde están los rizos, dónde está la cintura, dónde está la mandíbula dura que tuve, dónde están las ganas de todo. Dónde está el entusiasmo y la curiosidad y dónde están las ganas de compartir mi mundo con el de los demás. Dónde está ese chico que fui. En qué zanja tirado. En qué jaula. En qué cráter marciano.
Todos los amores son el mismo amor, pero no todos los días tienen el mismo peso. Mirad qué cruel es la memoria. Hay días que nos arrastran hasta el fondo del mar, como un soplón al que han pillado delatando a sus amigos, y que se hunde mientras se resiste y se agita, con una enorme piedra atada al tobillo.



