Antonio Agredano y ese día que se quedó atrapado: "De niño metí la cabeza en una bolsa del Pryca para asustar a mi hermana haciendo el fantasma y casi muero, escondido, detrás de una puerta"

El cronista de Herrera en COPE habla de esas situaciones donde nuestros Fósforos quedaron atrapados.

Antonio Agredano
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Atrapados, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas

Redacción Herrera en COPE

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En una terraza de la Catedral de Sevilla, en el maletero de un Seat Panda o en una parroquia tras una junta de vecinos... muchas han sido las situaciones en las que nuestros Fósforos se quedaron atrapados. Antonio Agredano pone voz y letra a estas experiencias.

ATRAPADOS

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De niño metí la cabeza en una bolsa del Pryca para asustar a mi hermana haciendo el fantasma y casi muero, escondido, detrás de una puerta, asfixiado, hasta que rompí el plástico con pura rabia y supervivencia. Han pasado muchos años, pero recuerdo el vacío de aire en mi boca, el súbito mareo y el miedo terrible. 

Nunca me han gustado los sitios cerrados, ni la profundidad del mar, ni nada que implique presión o falta de oxigeno o esfuerzos heroicos para respirar o para moverme. Ese pánico a estar atrapado lo expandí pronto a otros lugares, anímicos, que también me oprimen el pecho. Porque hay cárceles que van por dentro.

Por eso a veces desaparezco. Cuando siento que los días se estrechan, y las rutinas son cadenas, y no llego a los sitios, y me cambia el humor, y hay poca luz. No son ya espacios físicos, no es un ascensor que se queda entre dos plantas, no es un baño de bar con el pestillo roto, ahora son otros los miedos.

Un amor incómodo y demasiado tormentoso, horas en la cama mirando el móvil sin ver nada, un trabajo gris, amigos que piden mucho más de lo que dan. Todos hemos estado atrapados alguna vez en esos trasteros del alma. Todos hemos perdido alguna vez las llaves del candado.

Pero siempre se sale. A patadas o trepando o llamando a la puerta para que alguien nos abra desde fuera. Siempre salimos a la luz, y entrecerramos los ojos, y respiramos profundamente, y el exterior nos parece un paraíso, de repente. Y apoyamos las manos en las rodillas y nos recostamos sobre nosotros mismos, y sonreímos con timidez, por fin, aliviados y exhaustos.

Porque somos como esas flores que buscan la luz a toda costa, retorciéndose desde el fondo de la tierra, empujando hacia arriba, huyendo de esas noches del corazón y de los cuartos cerrados en los que a veces nos encierra la vida.

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