Antonio Agredano y esas costumbres raras: "Allí donde voy siempre digo sí. Y luego las cosas acontecen..."
El cronista de Herrera en COPE habla de esas costumbres extranjeras que nos parecen raras o aquellas costumbres españolas que les parecen raras a los extranjeros.

Cosas raras, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
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En China los niños no llevan pañales, en Londres o Irlanda hay pocas duchas o en Bruselas se saca la basura según el día... nuestros Fósforos hablan de esas costumbres que nos parecen raras y Antonio Agredano le dedica sus Crónicas Perplejas.
COSAS RARAS
La slivovica es una bebida alcohólica que los eslovacos sacan del zumo de ciruela. Estaba yo en Košice y me enseñaron la botella y yo dije: Áno. Áno significa sí. Y Nie significa no. Y yo accedí a que volcaran en mi vaso una cantidad generosa de aquel veneno de 55 grados etílicos que me volcó a mí. A la media hora, me tenía por los suelos. Hablando un perfecto eslovaco, eso sí. Como cuando la niña de la película de El Exorcista empezaba a hablar en latín. Pues yo parecido.
Siempre como y bebo lo que me ofrecen allí donde voy. Y la experiencia suele ser desconcertante. Vino retsina griego, vodka polaco, lampredotto italiano y molokhia egipcia. Sí a todo. Decir que sí a todo es mi forma de entender la vida. Sí en todos los idiomas: Ne, tak, sí, aiwa... Yo no quiero perder nunca la perplejidad que da sentido a estas crónicas.
Sobre el paladar y el tacto se construyeron las civilizaciones. Los ojos engañan, pero pocas veces la lengua nos traiciona. En el amor y en los antros y en los puestos de las calles y en las camas ajenas. La piel es una dictadura.
Me perdí en La Habana y en una casa familiar probé la mejor yuca frita de mi vida y un negro me enseñó a beber el ron sin refrescos ni parafernalia; y luego tocó despreocupado una guitarra con la madera saltada que de repente sonó a una magia oscura y profunda y su voz como una invocación a los espíritus. Quizá era el ron. Pero aquella tarde caribeña sentí que mi carne y que mi alma, caminaban, juntas, pero sin tocarse.
Yo siempre digo que sí. Allí donde esté, confío en la bondad de los desconocidos, como dice Blanche Dubois en el trágico final de Un Tranvía llamado Deseo. Me gustan los planes improvisados y me gusta meterme donde nadie me esperaba y nada me aburre más que ir a un sitio y que todo esté medido. Hasta la forma que tiene la gente de relacionarse. Hasta eso está medido a veces. Qué hay que decir, qué bromas hay que hacer, cuántas copas debes beber, a quién hacer la pelota, a quién ignorar, qué silla ocupar.
Allí donde voy, siempre digo sí. Y luego las cosas acontecen. Porque es maravillosa la vida sin tantos remilgos.



