Antonio Agredano y esas cosas raras que guardamos: "Es una pena que vayamos perdiendo ese gusto por lo desmedido"
El cronista de Herrera en COPE habla de esos objetos que guardamos en casa y dan repelús a las visitas.

Cosas raras que dan miedo, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
Publicado el - Actualizado
2 min lectura2:38 min escucha
Un cuadro hecho con pelos de antepasados, los dientes de un padre engarzados o una habitación con muñecas terroríficas... nuestros oyentes nos cuentan qué guardan en casa que causan pavor a los que las ven y a las que Antonio Agredano pone voz y letra.
DECORACIÓN
ESCUCHA AQUÍ 'CRÓNICAS PERPLEJAS'

Cosas raras que dan miedo, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
El otro día estuvimos en la finca de un torero de chusneo y mi hijo pequeño se quedó maravillado con las cabezas de toro que el maestro tenía en las paredes de su saloncito. A la vuelta, me dijo muy serio, que por qué no teníamos una en casa. «Por que para eso, primero tendríamos que torearlos y matarlos… y yo para ser torero no tengo edad… como mucho, tengo tipito de picador».
De niño también me impresionaban los cuernos de ciervo en algunos restaurantes. Y los cuadros de caza enormes que se gastaban en los ochenta. Mi abuelo Antonio tenía uno. Yo observaba sus detalles, los perrillos persiguiendo a los venados, los jinetes con chaquetas rojas. Cuando tenga una casa, tendré uno igual de grande, pensé también de pequeño.
De niños siempre somos proclives al exceso. Y es una pena que vayamos perdiendo ese gusto por lo desmedido. Al final tenemos nuestras casas y nos conformamos con muebles blancos simplones, esos cojines que vayas a la casa que vayas, tienen los mismos, y los espejos deconstruidos que no sé por qué nos parecieron buena idea.
Ya no hay perros de porcelana en la entrada. Ya no hay figuras de Lladró. Todo está lleno de esos horribles muñecos de Funko. Y el ladrillo visto. El ladrillo visto marcó el principio de la decadencia de occidente. Y las luces blancas. Y ni una miserable alfombra de piel de camello, con lo que viste eso. Ojalá volvieran las barras en el salón, con sus dos taburetes. Y las salitas de estar, para recibir visitas en torno al brasero. Con su buena mesa camilla. Con anís. Con el mando a distancia con su funda de ganchillo.
Madurar es contenerse. Y ser práctico. Lo cómodo mata siempre a lo divertido. Como esa «ropa cómoda» que al final son unos leggins y un polar y ancha es Castilla. Con las casas pasa algo parecido. A mí mi piso se me ha ido de las manos. Empiezo a tener miedo a una mudanza. Tengo demasiadas tonterías. Libros a toneladas, plantas y plantas, cuadros, alfombras y mapaches.
Cuando mi hijo me dijo lo de la cabeza de toro, hasta me lo pensé. No hay que perder el interés por el desorden. Ser hortera es un refugio contra los días y su obligada normalidad.



