Antonio Agredano y esas cosas que se niega a tirar: "Yo era grunge y a los grunge nos gustaban esas prendas estropeadas"
El cronista de Herrera en COPE habla de objetos que nuestros Fósforos guardan desde hace mucho tiempo y siguen utilizándolos.

Cosas que se niega a tirar, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
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Una gorra de 7,350 pts del año 2000, cubiertos de la primera comunión o el transistor de su abuelo... nuestros Fósforos guardan muchas cosas antiguas que se niegan a deshacerse de ellas. Antonio Agredano le pone voz y letra.
COSAS QUE SE NIEGA A TIRAR
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Cosas que se niega a tirar, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
Mi madre me tiró un jersey azul marino que yo lavaba y me ponía, lavaba y me ponía. Ese jersey era mi personalidad. Tenía agujeros en los puños y alguno en el cuello, era enorme; oversize se dice ahora. Yo era grunge y a los grunge nos gustaban esas prendas estropeadas, un poco pordioseras, que combinábamos con los vaqueros rotos y con el pelo largo y las zapatillas de deporte. Necesitaba un jersey así para tocar la guitarra en el parque ay beber litronas. Ese jersey era todo lo que yo era a los dieciséis años. Y llegué un día del instituto y lo busqué entre la ropa limpia, entre la ropa sucia, en mi armario, en el cesto de la plancha… y nada.
Así que mi madre, que sabía perfectamente lo que yo buscaba, como un perrito, olisqueando por las esquinas, me dijo. Me dijo con esa severidad satisfecha que tienen las madres cuando quieren dar una lección de vida. Me dijo: «Si estás buscando ese jersey lleno de agujeros y descolorido que te pones siempre, no busques más, porque lo he tirado». Salí corriendo a la cocina, miré en el cubo de la basura. Y apareció por detrás, mi madre, con el estrambote final, con el descabello, con la frase definitiva: «Lo he tirado… al contenedor. En la calle». No había redención posible, ni prórrogas. Quiso sacar de mi vida ese jersey y empleó toda su capacidad para hacerlo.
Lloré. Es ridículo llorar por un jersey. Lo sé. Pero lloré. Me enfadé mucho. Me encerré en el dormitorio. Quizá ni almorcé. Me sentía traicionado. Pero pasa el tiempo y veo las cosas de otra forma. No me gustó lo que hizo, aunque ella tuviera sus motivos. Pero ahora soy padre y tengo que tomar decisiones crudas. No me gustaría que mis hijos fueran al colegio con ropa tan estropeada. La personalidad debería ser algo mucho más complejo que un estilo de música.
De lo que me doy cuenta es de que la edad nos enfría. Nos hace poner las cosas en una balanza. Los afectos, los caprichos, los deseos, las esperanzas. Creo que lo llaman madurar. Que es saber también hasta dónde. Cuándo tirar algo que no sirve, cuándo deshacernos de un recuerdo, cuándo salir de una relación que murió hace años, cuándo poner las cosas en su sitio en el trabajo. Porque madurar, decía, es controlar el tiempo. Porque todo tiene sus instantes y su caducidad. Su propio ritmo. También nosotros. Que pasamos de hijos a padres y luego a abuelos. Y miraremos atrás y entenderemos que los años son sólo un aprendizaje que nunca acaba. Y que la vida sigue siendo un cuaderno lleno de garabatos y comienzos.



