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Reflexiones de una gallega, "aldeana paleta", ante la obligación de estudiar catalán y vasco en toda España

Espero y deseo que, ningún niño español sea nuevamente tachado de aldeano paleto por no saber expresarse correctamente en castellano

Ana Luisa Pombo

Ana Luisa Pombo

Redactora Jefa

Tiempo de lectura: 3'Actualizado 04:41

Reflexiones de una gallega, aldeana paleta, ante la obligación de estudiar catalán y vasco en toda España

 

"Mira..., es una aldeana paleta. Solo habla gallego". Han pasado más de cincuenta y cinco años y recuerdo esa frase como si me le hubieran dicho ayer. Por recordar, recuerdo incluso la cara del niño que me la dijo. Yo, con seis años, efectivamente, sólo hablaba gallego porque en la aldea en la que nací, era la lengua que todos hablábamos y entendíamos; por entenderla, la entendían incluso las vacas que respondían, sin dudar, a las órdenes de los aparceros.

El castellano solamente se utilizaba al salir de la aldea, para que no te señalaran con el dedo. Era un mal castellano que los "eruditos" de ciudad llamaban "castrapo", en el que se entremezclaban palabras en gallego con otras castellanas y algunas inventadas porque nos parecía que se asemejaban más al castellano. Era aquél, un castellano aprendido a trompicones en la escuela unitaria y actualizado con la ayuda de la elocuencia de los locutores de radio en las retransmisiones de fútbol, en las interminables radionovelas de la sobremesa y en el inevitable "parte" de RNE que nos mantenía conectados con el mundo.

Llegado el momento en que los niños nos incorporábamos a la escuela, teníamos, obligatoriamente, que hablar castellano desde el primer momento y el caso es que lo hacíamos con bastante naturalidad, convirtiéndonos en bilingües de la noche a la mañana.
Todos los que salían del pueblo para trabajar, emigrar o estudiar, volvían alardeando, no sólo de las notas o el puesto de trabajo conseguido, sino, sobre todo, de su castellano mejorado. Mientras tanto, el gallego era reducto, casi exclusivo de las aldeas y las gentes de ciudad, nos seguían mirando por encima del hombro a quienes lo hablábamos.

Al igual que a otros antes, también a mi cuando, muy pequeña, los estudios me llevaron fuera de Galicia, me cautivó el castellano viejo, rico y universal; me apasionó y caló tan hondo que incluso me robó el acento, aunque nunca dejé de hablar el gallego sencillo, poco culto gramaticalmente, pero muy entendible y rico en giros, que aprendí de mis padres siendo niña, aunque con el tiempo y la experiencia, pude comprobar que ese gallego no me servía más allá de Ponferrada o de Ribadeo o de Tuy, de la misma manera que el catalán y el vasco no sirven más allá de los límites de esas comunidades.

Muchos años más tarde de aquella frase que me sentenció como aldeana paleta por hablar gallego, Anxo Guerreiro, político comunista y pro nacionalista, quiso repetir conmigo la jugada pero a la inversa, recriminándome hablar un gallego vulgar, según él. Se disculpó caballerosamente, cuando le recordé que, vulgar o no, cuando gentes como él, que estuvo en la cárcel por antifranquista y no por galleguista, hablaban y daban sus mítines en castellano,  a mi, me llamaban aldeana paleta porque hablaba gallego como lo sigo hablando a día de hoy.
Algo parecido les pasaba a mis amigos en el País Vasco y Cataluña donde el vasco se hablaba solo en los caseríos y el catalán en las masías y en unos pocos círculos culturales.

Bueno, pues ahora, cuando la globalización es un hecho y cuando tenemos más de seiscientos millones de hispanoablantes con los que entendernos, resulta que un señor que ha llegado al gobierno por la puerta falsa, quiere obligar a nuestros hijos y nietos a hablar esas lenguas minoritarias que son el vasco y el catalán, supongo que también el gallego, en detrimento del castellano, hablado en 20 países por 600 millones de personas, y lengua oficial del Estado español, consagrada como tal en la Constitución.

Espero y deseo que, ningún niño español sea nuevamente tachado de aldeano paleto por no saber expresarse correctamente en castellano. A fin de cuentas, esos niños no eligen arrinconar el castellano mientras son obligados a aprender lenguas minoritarias que nadie conoce ni usa más allá de unos reducidos límites territoriales. Si alguien merece esos calificativos, es quién legisla contra el sentido común y al filo de la indignidad, levantando nuevas fronteras lingüísticas donde no las había.

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