La Voyager 1 hace historia: la sonda humana ya se encuentra a más de un día-luz de la Tierra
El investigador Josep María Trigo analiza el hito de la mítica sonda lanzada en 1977, que ya viaja por el espacio interestelar a más de 24 horas de distancia

voyager 1
Barcelona - Publicado el
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Un objeto de fabricación humana ha viajado más lejos que nunca, cruzando una frontera simbólica que redefine nuestra concepción del cosmos. La sonda Voyager 1, lanzada en 1977, se encuentra ya a más de un día-luz de distancia de nuestro planeta. Esto significa que cualquier señal enviada desde el centro de control tarda más de 24 horas en llegar a la nave, y otras 24 en recibir una respuesta. Sobre este hito histórico y sus implicaciones reflexiona el doctor Josep María Trigo, investigador del Grupo de Asteroides, Meteoritos y Cometas del CSIC y del Instituto de Ciencias del Espacio de Cataluña.
Un viaje de casi medio siglo
La Voyager 1 es un estandarte de la exploración espacial de la NASA. Lanzada a finales de septiembre de 1977, la misión original tenía como objetivo estudiar los planetas gigantes del sistema solar. La nave nos proporcionó imágenes icónicas de Júpiter y Saturno, y fue pionera en el estudio de Titán, la luna más grande de Saturno, donde se descubrió que poseía una atmósfera. Su gemela, la Voyager 2, ampliaría la exploración a Urano y Neptuno.
Actualmente, la sonda se adentra en el medio interestelar, encontrándose a una distancia de aproximadamente 170 veces la que separa la Tierra del Sol, unos 25.500 millones de kilómetros. A pesar de sus más de 45 años en el espacio, varios de sus instrumentos continúan operativos, enviando datos desde un entorno completamente desconocido. Trigo subraya que este logro evidencia lo inabarcable del universo y el largo camino que aún queda por recorrer en la exploración espacial.

sistema solar
Los desafíos del viaje interestelar
Aunque se han producido avances significativos en la propulsión, como los motores de propulsión iónica que permitieron a la nave New Horizons llegar a Plutón en menos de una década, viajar a otras estrellas sigue perteneciendo al ámbito de la ciencia ficción. Según Trigo, la idea de usar atajos como los agujeros de gusano es “muy improbable”. Sin embargo, apunta que sí existe una estrategia factible para alcanzar velocidades mucho mayores.
El investigador explica que se podría “acelerar algunas de estas naves, como se va a hacer, aprovechando un paso muy cercano a un planeta gigante e impulsando con el campo gravitatorio del planeta la nave a muchísima velocidad”. Esta técnica, conocida como asistencia gravitatoria, ya fue utilizada por las propias Voyager para acelerar en su ruta por el sistema solar. Con este método, afirma el científico, “las estrellas más próximas a la Tierra podrían alcanzarse en siglos de viaje”.
Las estrellas más próximas a la Tierra podrían alcanzarse en siglos de viaje"
La eterna pregunta: ¿estamos solos?
La inmensa distancia a la que se encuentra la Voyager 1 también alimenta el debate sobre la posibilidad de encontrar vida más allá de la Tierra. Si existiera una civilización avanzada, el contacto a través de señales de radio, que viajan a la velocidad de la luz, sería la forma más plausible de comunicación. No obstante, Josep María Trigo recuerda que llevamos décadas haciéndolo sin éxito.
Programas como el proyecto SETI (Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre) llevan años escuchando el cosmos en busca de alguna señal artificial. Además, como ya planteaba el astrónomo Carl Sagan, nuestras propias emisiones de radio y televisión viajan por el espacio desde hace casi un siglo. “De momento, no hay señal que nos indique que haya vida relativamente estable”, aclara Trigo, al menos en lo que respecta a una civilización con capacidad tecnológica para comunicarse.
Sin embargo, el investigador defiende una idea que cada vez gana más adeptos en la comunidad científica y que ya expuso en su libro ‘Las raíces cósmicas de la vida’: la vida simple, en forma de microorganismos, podría no ser un patrimonio exclusivo de nuestro planeta. “La vida, posiblemente, no sigue patrimonio único de la Tierra”, sostiene Trigo, quien sugiere que pudo haber arraigado también en Marte o en otros cuerpos planetarios del sistema solar.
La vida, posiblemente, no sigue patrimonio único de la Tierra"
La clave de su hipótesis reside en las condritas carbonáceas, un tipo de meteoritos primitivos. Los estudios de Trigo y su equipo han revelado que ciertos minerales presentes en estos cuerpos, como los granos metálicos y los sulfuros, “son capaces de catalizar compuestos complejos, aminoácidos, bases nitrogenadas, etc., que son la primera aula formativa de los seres vivientes”. Estas rocas espaciales poseen capacidades catalíticas que no se encuentran en las rocas de la Tierra o Marte.
Estos minerales se formaron en el disco protoplanetario que dio origen al Sol y los planetas hace 4.650 millones de años. Para que la química prebiótica se ponga en marcha, Trigo señala que son necesarias dos condiciones: la energía suficiente para mantener el agua en estado líquido y la interacción de esa agua con los minerales llegados del espacio. Aun así, concluye, entre estos ladrillos básicos y la aparición de un organismo vivo “hay un abismo enorme”, un misterio en el que la ciencia continúa investigando.
Este contenido ha sido creado por el equipo editorial con la asistencia de herramientas de IA.



