
Jaén - Publicado el - Actualizado
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La antigua prisión provincial de Jaén estuvo funcionando desde 1932 hasta 1994. En ese mismo céntrico lugar está ubicado desde 2017 el actual Museo Íbero. Durante algo más de sesenta años, aquellos anchos muros fueron testigos de historias que no deberíamos olvidar. Uno de los pocos sitios que gozaba de inmunidad diplomática era las Hermanitas de los Pobres; al ser su fundadora francesa, Juana Jugan, enarbolaron la enseña gala, lo que permitió el refugio clandestino de sacerdotes y religiosos durante la guerra, no sin cierta zozobra. En los cinco últimos meses de 1936, con motivo de la persecución religiosa, se produjo 141 víctimas mortales en la provincia (el 75% de la contienda), debido a la vesania revolucionaria.
Así ocurrió en el convento de la Merced (cuatro religiosos), en el grupo escolar de Villanueva del Arzobispo (cuatro sacerdotes) o en el asalto a la prisión de Úbeda en donde se cercenó la vida de 47 personas. Con la creación de los Tribunales Populares, a finales de agosto de ese año, se consiguió cierta seguridad jurídica, al celebrarse juicios y dictarse sentencias por profesionales del Derecho. Desde el 7 de septiembre de 1936 hasta el 10 de febrero de 1937 se dictaron 74 sentencias de muerte, de las cuales se ejecutaron 54; se concedieron 20 indultos. La prisión de Jaén estaba hacinada de presos, por lo que se habilitó la Catedral y las iglesias de Santa Clara y Santa Úrsula. Desde allí realizarían las “sacas” de presos, que se les trasladaría a otras prisiones, pero que serían asesinados durante el trayecto. Los famosos “Trenes de la Muerte” serían expediciones de presos, desde Jaén al penal de Alcalá de Henares, que al llegar a Madrid se les infligió la justicia popular.
El 11 de agosto de 1936 se llevaron 322 detenidos; a 11 los asesinaron en la estación de Atocha, 2 sacerdotes. Al día siguiente, se transportó a otros 245 presos, pero el tren se detuvo en el apeadero de Santa Catalina, cerca de Vallecas, y se ejecutaron a 179 personas; entre los 9 sacerdotes se encontraba el obispo y el vicario general de la diócesis. El 1 de abril de 1937, el general Queipo de Llano ordenó el bombardeó de la ciudad, por los aviones Junkers y Heinkel de la Legión Cóndor (pilotados por españoles, como Joaquín García Morato), que causó la muerte de 157 personas. Esta decisión fue la réplica al bombardeo republicano del Hospital militar de Córdoba, que dejó 37 muertos; en 1938 las victimas civiles en Cabra ascendieron a 109. La represalia no se hizo esperar al fusilar 128 reclusos (9 sacerdotes) en el cementerio de Mancha Real, procedentes de la prisión de Jaén. Entre la sinrazón de la guerra hubo testimonios heroicos como el del párroco de Arjona, Francisco de Paula Padilla, que, como hiciera el padre Maximiliano Kolbe, cinco años después en Auschwitz, se cambió por un padre de familia para ser ejecutado. En la prisión de Jaén 11 sacerdotes y 5 claretianos presos y aislados denominaron a esa dependencia “Villacisneros”; según Antonio Montero constituía una “parroquia in artículo mortis”, con asistencia espiritual a los condenados a muerte; en el barrio del Tiro Nacional se fusiló a 75 personas. Resulta conmovedor cómo el padre claretiano Benjamín Carballo atendió espiritualmente en sus últimos momentos al miliciano que apuñaló al padre Paz Porras en el huerto de la Merced.
Éste desplegó una ingente actividad apostólica, convirtiéndose en un sagrario ambulante; a la vez que administraban los sacramentos de la confesión, extremaunción y eucaristía (repartían hasta 50 comuniones diarias). Se fabricaron pequeños rosarios y crucecitas bendecidas, que besaban antes de su ejecución. Aquella estancia en la prisión provincial de Jaén fue una especie de retiro espiritual, con la circunstancia especial de que conocían cuándo comparecerían ante el Tribunal divino. Así, pues, el aprovechamiento de aquella clausura obligada, en cuanto a la oración y recepción de los sacramentos, produjo auténticas conversiones espirituales. Aquellos hombres de fe pusieron en práctica la enseñanza del Maestro: “Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas de antes de vosotros” (Mt 5,11-12).



