
Jaén - Publicado el - Actualizado
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Una asociación ha impulsado en distintas ciudades la campaña publicitaria anunciando en los autobuses y en las marquesinas de las paradas: “¿Sabes cual es el bulo más repetido durante los últimos 2.000 años? Dios no existe. Feliz Navidad”. Esta operación recuerda la del “bus ateo” de 2009, surgida en Londres por el biólogo agnóstico Richard Dawkins, profesor de Oxford, con el eslogan: “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de tu vida”. Las dos tareas suponen una oportunidad para el debate cultural de un aspecto esencial de la existencia humana a lo largo de la historia: la religiosidad (del latín “religare”, unir con Dios).
No deja de ser una noticia tendenciosa (“Probablemente Dios no exista”), que se propala con el fin de lesionar la verdad y sembrar la duda. Esta cuestión ya se planteó hace dos mil años en el pretorio de Jerusalén, cuando Jesucristo explicó a Pilato: “Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad”; a lo que el prefecto replicó con escepticismo: “¿Qué es la verdad?” (Jn 18,37-38). La mentalidad relativista ha existido entonces y ahora en lo que Bauman ha calificado de “modernidad liquida” de la posverdad. Pero concluir con cuatro palabras lo que a eminentes pensadores, filósofos y teólogos ha llevado siglos de investigación, no deja de ser un atrevimiento. Probablemente estos ateos y agnósticos (los segundos consideran inaccesible al entendimiento el conocimiento divino) no hayan estudiado la “Suma teológica” de santo Tomás de Aquino.
En sus “cinco vías” el escolástico (escuela erudita que toma las fuentes filosóficas grecolatinas) demuestra la existencia de Dios. Sólo desde unos determinados postulados ideológicos se puede llegar a negar a Dios: “Nadie niega a Dios, sino aquel a quien le conviene que no exista” (San Agustín, dixit). Es célebre la pintada: “Dios ha muerto” (Nietzsche); la irónica frase completa del filósofo nihilista agrega: “Parece que lo mataron los hombres”. A renglón seguido, debajo, apostilla la réplica: “Nietzsche ha muerto” (Dios). Desde luego, la diferencia radica en que sólo Jesucristo, el Hijo de Dios, murió y está probado que resucitó, porque era Dios. Ante la duda (“probablemente”) del racionalismo gnóstico de Huxley, la respuesta más lógica nos la aporta el abogado y escritor francés Jean de La Bruyère: “La imposibilidad en que me encuentro de probar que Dios no existe, me prueba su existencia”.
El francés Blaise Pascal, polímata (matemático, físico, filósofo…) señalaba que: “Prefiero equivocarme creyendo en un Dios que no existe, que equivocarme no creyendo en un Dios que existe”. Por eso, habría que cuestionarse la rectitud intelectual del ateísmo y del agnosticismo empirista de Hume, Russel o Darwin —en expresión del citado maestro de Balzac y Proust—: “Solo hay dos clases de personas coherentes: los que aman a Dios de todo corazón porque le conocen, y los que le buscan de corazón porque no le conocen”. Edith Stein, filósofa y conversa del judaísmo al catolicismo nos lo explica: “Quien busca la verdad, busca a Dios, aunque no lo sepa”. Lejos de “dejar de preocuparse” (sugerencia agnóstica) habría que superar la ignorancia, como expresa el converso irlandés C.S. Lewis, autor de las célebres “Cartas del diablo a su sobrino”: “Si no estudias teología, esto no querrá decir que no tengas ideas acerca de Dios, sino que tendrás muchas equivocadas”. La otra invectiva del agnosticismo es “deja de preocuparte y disfruta de la vida”, como si Dios fuera un dominador tiránico, cuando nos entrega por amor su vida en la Cruz: “Deus caritas est” (1Jn 4,7-9); nos ha creado para la felicidad. Uno de los argumentos más recurrentes es que si Dios existiera no permitiría el mal, sin tener en consideración que nos ha hecho libres, incluso para negarle. Chesterton alertaba de que: “Cuando se deja de creer en Dios, se cree en cualquier cosa” (el ídolo materialista, hedonista y de las ideologías). El Creador de naturaleza humana nos ha dotado de una ley moral natural, que nos lleva a discernir el bien del mal. Por eso, como escribió Dostoyevski: “Si Dios no existe, todo está permitido”. Agustín de Hipona concluye: “Nos hiciste Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti”. Y Teresa de Ávila: “Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta”.



