OPINIÓN

Las Divinas Palabras con Ernesto Medina. Hoy: Asuntos Chuléricos V

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Redacción COPE Jaén

Jaén - Publicado el - Actualizado

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La Dama de Cubero comenzó a contarme su historia. De cuando en vez se mojaba los labios con un sorbo de Alcázar. “Nací, Ernesto, en una familia poderosa. Hasta donde alcanza mi memoria, gozaba de prestigio y riqueza. Sin ser tiempos fáciles, mi nombre era muy conocido. No me faltaban los pretendientes. Uno de ellos decía que mis ojos eran como el agua fresca, pero escondida, que abunda en los manantiales subterráneos de la ciudad. Yo me reía con aquellos halagos. Quizá mi pecado fue que me volví vanidosa. Tantos querían conquistarme que me dejaba llevar. Paseaba por los alrededores confiada en que la belleza de los montes cercanos o la prosperidad de las huertas impediría que nunca nos faltare de nada. Ignoro cuándo empezó a cambiar mi suerte”.

Entrecerró los ojos para tomar aire. Yo esperaba sin atreverme a urgirla. “Paulatinamente la fortuna fue cambiando. Un proceso lento, inapreciable en el día a día. Sin embargo, una mañana, al despertarme estaba sola. Mis vestidos ajados. Olvidada. Yo no había sido desdeñosa, pero me habían abandonado los que otrora me cortejaban. Así pasé mucho tiempo, languideciendo. Me mantenía la convicción de que no había perdido mi capacidad de seducción, de que seguía siendo la misma, risueña, agradable, digna de ser amada. Sin embargo, los advenedizos no venían para quererme, sino para usarme en su interés particular. Pasé privaciones. Casi hambre mientras seguía esperando el amor de mi vida. Aquel que me devolviera el esplendor que representa esta espada ibérica. No te hagas ilusiones. No voy a contarte un final feliz. No ha aparecido el galán a caballo. Tampoco me he apuntado a las redes sociales a ver si pesco algo”. Se rio. “Ya ves. A mi edad no estoy para cruzarme mensajitos con nadie”.

Intuí que se acercaba el final de la historia. Ella me miró a los ojos. “Dame la mano, por favor. Quiero contarte este último capítulo sintiendo cariño. Sé que tú, y otros muchos, me lo profesáis incondicionalmente. Podría haber elegido a cualquiera de ellos para este número del encadenamiento y la reivindicación. Lo que tengo que decir es para muchos. Y quisiere que fuere para muchos más, cuantos el número de olivas que no se pueden contar en una primavera. Ayúdame a levantarme. Yo, que fui brava, necesito tu brazo para pasear mientras proclamo sosegadamente mi mensaje. Pierde la preocupación. No se trata de que, como dijo, el poeta, oigas mi aflicción. Al contrario, todavía es tiempo de alzar bajo el sol antorchas y corazones”.

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