CORONAVIRUS PANDEMIA (Crónica)
La pandemia vuelve a convertir la frontera de Irun en línea de separación
El paisaje de garitas junto al río Bidasoa, con sus policías españoles y franceses apostados para controlar el paso de ciudadanos entre ambos países, hace mucho tiempo que se convirtió un recuerdo en blanco y negro para los vecinos de Irun (Gipuzkoa), una población cuya vida social y económica está estrechamente vinculada a la frontera. ,Hoy, de nuevo, aún sin garitas, los ciudadanos de Irun y de Hendaya (la localidad fronteriza gala) regresan déca
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Rafael Herrero
El paisaje de garitas junto al río Bidasoa, con sus policías españoles y franceses apostados para controlar el paso de ciudadanos entre ambos países, hace mucho tiempo que se convirtió un recuerdo en blanco y negro para los vecinos de Irun (Gipuzkoa), una población cuya vida social y económica está estrechamente vinculada a la frontera.
Hoy, de nuevo, aún sin garitas, los ciudadanos de Irun y de Hendaya (la localidad fronteriza gala) regresan décadas atrás en el tiempo al ver controles de acceso en una frontera cerrada, de momento en un sentido, aunque pronto lo estará totalmente. Los puentes sobre el Bidasoa han dejado de unir a los dos países, como lo ha hecho desde los años 90, cuando se demolieron las garitas, y, de nuevo, sirven para separarlos.
Las dos guerras mundiales y el bloqueo posterior que sufrió España durante los primeros años de la dictadura franquista son precedentes de cierre de fronteras, que aportan dimensión a la histórica medida adoptada para atajar la pandemia del coronavirus COVID-19.
Pero la frontera siempre ha sido permeable, lo fue para contrabandistas y "mugalaris", y ahora lo es para los cientos de ciudadanos españoles que residen en Hendaya, a quienes sí se les permite cruzar la frontera para acudir a sus trabajos, hacer la compra o asistir a consultas médicas.
En el puente de Santiago, el paso urbano más céntrico y transitado, un dispositivo conjunto de Policía Nacional y Guardia Civil, todos con guantes pero no todos con mascarilla, revisa la documentación de los vehículos que se agolpan en el lado francés para cruzar la muga. El que presenta DNI español o permiso de residencia, adelante. Los franceses, vuelta.
No solo los vehículos. Un agente se ocupa de parar a los viandantes que intentan pasar por el puente. Raquel, natural de Irun y residente en Hendaya, va bien preparada y enseña al agente su DNI español y un certificado de la farmacia irunesa en la que trabaja para justificar su desplazamiento. El policía lo revisa, le advierte de que con el carné era suficiente y la deja pasar.
Mientras, muchos coches con matrícula francesa y ocupantes españoles guardan la cola, entregan la documentación y logran acceder a Irun. Los franceses despistados son obligados a hacer una maniobra sobre el puente y volver a Francia.
Humbert, de unos 70 años, es francés, pero logra superar el filtro. Esgrime un documento del Ministerio español de Trabajo en el que certifica que es "pensionista" porque trabajó en España durante 30 años y necesita ir a Irun para "hacer una gestión".
"A mí me dejan pasar. Y hay muchos residentes españoles en Francia, muchos que su morada la tienen en Francia y todos los días van a trabajar", comenta en un buen español.
Peor suerte la de Vitor, un portugués que no ha querido abandonar su rutina de cruzar el puente para comprar tabaco en suelo español. Desinformado, el cierre de la frontera le ha pillado desprevenido y la policía le ha obligado a dar la vuelta.
"Me han dicho que no puedo pasar porque no tengo nacionalidad española, pero vivo a 500 metros de aquí, en Hendaya. Venía al estanco a comprar el tabaco, que es más barato, pero no me dejan pasar", lamenta.
Ir a por tabaco es, precisamente, uno de los motivos que con más frecuencia impulsa a los franceses a cruzar la frontera, no en vano un cartón de rubio americano que allí cuesta 120 euros en los muy prósperos estancos del barrio de Behobia, el otro paso fronterizo urbano, se puede comprar por 50.
El célebre estanco Tellechea, el que está justo pegado al más célebre aún bar Faisán -epicentro de encuentros inconfesables a lo largo de la turbia historia de la frontera-, está hoy inusualmente vacío, mientras tres dependientas provistas de guantes y mascarillas se resignan al impacto que tendrá el cierre de la frontera en el negocio.
Lo mismo les ocurre a los tres empleados del comercio La Cave, una de esas grandes tiendas de licores y alimentación que atraen a los franceses con grandes carteles de Ricard, el pastís que solo compran los vecinos galos. "Hoy las ventas se reducen a cero", comenta uno de ellos.
Jamones y embutidos colgados, cientos de botellas de bebidas alcohólicas -el otro tesoro que se llevan los franceses- y decenas de botes de gel y champú, muy demandado también por los galos, reposan en las estanterías de la tienda absolutamente vacía. "Peor lo tienen los comercios que han tenido que cerrar", reflexiona, resignado, el empleado, que recuerda que a ellos, al menos, el decreto del estado de alarma les permite abrir la persiana, como han hecho desde que hace 40 años su abuelo la alzó por primera vez. EFE
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