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Carl Tanzler: 7 años con el cadáver de la mujer que no le correspondió y un objeto misterioso junto a su lecho

El radiólogo también conocido como Carl von Cosel convivió junto al cadáver de Helen Hoyos, cuya imagen se le apareció en sueños antes de conocerla

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Paco Delgado
@Delgado_LPaco

Redactor de COPE y director de 'Hollywood Land'

Tiempo de lectura: 6'Actualizado 14:07

Carl Tanzler protagonizó una de las historia más románticamente macabras y perturbadoras de principios de siglo XX. Pero antes, en febrero de 1877, el pequeño Karl Tänzler nació en la ciudad alemana de Dresde, cuando formaba parte de la Sajonia del Imperio Alemán. El joven germano nació en una familia que vivía de los remanentes de tiempos mejores, en los que sus antepasados se conocían por condes y en los que su vida se caracterizaba por otro estatus. Eso no privó al joven Karl de viajar a lo largo y ancho del mundo durante la juventud. Uno de esos trayectos fue a través de Italia donde tuvo lo que podría considerarse como una epifanía.

Concretamente Tanzler se encontraba en la ciudad de Génova, donde tuvo un sueño de lo más peculiar con uno de sus antepasados: la condesa Anna Constantina von Cosel, nombre que adoptaría más adelante cuando se trasladó hasta Estados Unidos. En dicho encuentro onírico, su antepasado le reveló algo que no esperaba: la imagen de la mujer que guardaría su corazón para siempre, una “mujer exótica de cabellos negros”.

Pasaron los años y Tanzler se marchó en su juventud a Australia, antes de que estallara la Primera Guerra Mundial. Una vez dio comienzo el conflicto, el ejército británico le descubrió y le llevó hasta un campo de concentración para prisioneros “por su propia seguridad”. No obstante, al finalizar la guerra llevaron al prisionero hasta Holanda para un intercambio con ingleses y, de allí se marchó de vuelta a casa de su madre, con la que convivió tres años hasta que contrajo matrimonio con Doris Schäfer. La pareja tuvo dos hijas: Ayesha Tanzler y la pequeña Clarista Tanzler, que falleció a los 10 años de difteria.

Antes de la tragedia, la familia decidió trasladarse hasta Estados Unidos, donde residía una de las tías maternas de Tanzler. Padre, madre y las dos hijas viajaron separados desde Rotterdam hasta Florida, pasando por La Habana. Pero sólo un año después, Carl Tanzler decidió forjarse una carrera en la medicina, de la que apenas tenía experiencia, por medio de practicar la radiología en el Hospital de Marines de Estados Unidos de Cayo Hueso, donde se cambió el nombre a Carl von Cosel y donde conoció a Helen Hoyos.

María Elena “Helen” Hoyos

A principios del siglo XX nace una hija de inmigrantes cubanos llamada María Elena Milagro-Hoyos. Su padre, Francisco Pancho Hoyos, había amasado una fortuna en Estados Unidos con la fabricación de cigarros y puros habanos, mientras que su madre Aurora Milagro había tenido otras dos hijas: Florinda “Nana” y Celia. Las tres encontraron marido a temprana edad, pero solo una permaneció casada el resto de su vida. Mario Medina, pareja de Nana, murió electrocutado en un accidente laboral que también le costó la vida a un compañero, tras golpear con una grúa un tendido eléctrico.

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Por su parte, Helen, de una belleza particular, se casó con Luis Mesa, que la abandonó a los pocos años de contraer nupcias para marcharse a Miami y dejarla a su suerte, sin saber que a Elena no le quedaban muchos años de vida. Y es que, poco después, los médicos le diagnosticaron tuberculosis, una enfermedad que no solo era extremadamente contagiosa a finales del siglo XIX sino que, con casi total seguridad, terminaría cobrándose la vida de la mujer cubano-estadounidense.

En ese momento, y en uno de los muchos intentos de su madre Aurora Milagro por salvarle la vida, la llevaron a ver a Carl Tanzler, el médico residente en el hospital militar de la costa. Mientras para Helen se trataba de la vida o la muerte, Carl vio en ella a la mujer de cabellos oscuros que su antepasado le había revelado en sueños: cayó rendido a sus pies y el enamoramiento repentino derivó en una obsesión continua con su propia paciente.

Le agasajó con regalos, joyas, complementos y ropas para conquistarla. Mientras, intentó salvar su vida con una combinación caótica entre el empleo de todos los medios a su alcance y los escasos conocimientos de medicina que acababa de adquirir de manera autodidacta. No pudo acabar de otra forma: no solo Helen no respondió bien al tratamiento, no solo no correspondió las muestras de afecto de Tanzler, sino que falleció a los pocos meses, un 28 de octubre de 1931, casada todavía de manera oficial con Luis Mesa.

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Una obsesión mórbida: convivir con un cadáver

A pesar de haber sido rechazado por Helen Hoyos antes de su muerte, Tanzler se comportó tras el fallecimiento como si él fuese de verdad el marido de la fallecida: se hizo cargo de todos los cargos respectivos al servicio funerario, teniendo en cuenta que la familia Hoyos no era precisamente precaria. Pero el ofrecimiento no quedó ahí: en vistas de las fuertes lluvias y tormentas que suelen acechar la costa de Florida, Tanzler le propuso a la familia de Elena que fuera él mismo quien se hiciera cargo de la construcción de un mausoleo dedicado especialmente a su hija. Así, la visitó cada noche durante los siguientes dos años.

No obstante, las visitas nocturnas y las flores no fueron suficientes, y en abril de 1933 el cuerpo de María Elena Hoyos desapareció del mausoleo donde debía guardar descanso. Con una carretilla y en plena madrugado, Carl Tanzler se llevó el cadáver de su amada hasta su casa. Allí se dispuso a arreglarlo para que conviviese durante los siguientes siete años a su lado, como si de su mujer se tratase:

Unió los huesos con alambres y ganchos para la ropa y llenó las cuencas vacías de los ojos con pedazo de vidrio. Al pasar tres años del fallecimiento, la piel del cuerpo se encontraba en un avanzado estado de descomposición. Por ello, el radiólogo alemán la reemplazó con tela de seda empapada en yeso de París. Respecto al pelo, se las ingenió para utilizar una peluca que había sustraído previamente a la madre de Hoyos durante el funeral, de cuando todavía permanecía con vida.

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Llenó el espacio del abdomen y el pecho con harapos y la mantuvo vestida con medias, joyas y guantes. Además, para tapar el olor, utilizó copiosas cantidades de perfume, desinfectantes y agentes preservadores de tejidos para enmascarar el olor.

No duró demasiado la artimaña, pues en 1940 un familiar cercano de Helen, su hermana Florinda, que escuchó rumores acerca de que Tanzler era quien había sustraído el cuerpo y que mantenía con él una vida de casado a solas en su residencia. Se acercó hasta la casa para confirmar sus peores temores: encontró el cuerpo de su hermana remendado y postrado sobre la cama del radiólogo. La policía detuvo a Carl, pero los delitos de sustracción de cadáver y profanación de tumbas ya había prescrito y el médico quedó en libertad.

Carl Tanzler, una figura mediática

Uno de los aspectos más curiosos de la historia de Tanzler fue la repercusión que su caso atrajo durante la década de los 40 del siglo pasado en Estados Unidos. No tanto por lo horripilante del crimen, ni siquiera por las inexistentes consecuencias que tuvo para el médico robar durante 7 años el cuerpo de Helen Hoyos, sino porque se le comenzó a percibir no como un necrófilo obsesivo, sino como un romántico empedernido, alguien que iría hasta las últimas consecuencias con tal de vivir una vida junto a la mujer de sus sueños.

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Dio charlas y se convirtió en un personaje mediático. Tras todo el revuelo del juicio volvió a Pasco County, en Florida, en 1944. Allí se reencontró con su mujer y una de sus hijas, tras el fallecimiento de la otra. Durante los últimos diez de su vida se dedicó a promocionar su propia autobiografía, en la que cuenta sus años junto al cadáver de Hoyos. Un texto que llegó a publicarse en la revista Fantastic Adventures en 1947.

Un misterioso objetivo junto al lecho de muerte

Tanzler murió en Tampa el 23 de julio de 1952, tras años de cuidados de su ex pareja Doris, con la que había retomado parcialmente la relación en los últimos años de su vida. Pero lo más inquietante es lo que encontraron los agentes de policía junto al cadáver del radiólogo alemán. Los últimos años los había dedicado a la construcción minuciosa de una suerte de efigie egipcia con la forma de Helen Hoyos, y que encontraron encima de su cama.

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Se trataba solo de un muñeca, pero portaba una máscara con los rasgos característicos de la ciudadana cubano-estadounidense. Su cuerpo estaba ataviado con sus mismas ropas y hacía las veces de compañera marital de Tanzler. Pero lo más inquietante llegó al encontrar el objeto que estaba junto a la cama, sobre la mesa.

Durante los años de foco mediático de los que disfrutó el alemán tras la publicación de su historia en el periódico Miami Herald, se especulaba con la posibilidad de que hubiera practicado la necrofilia con el cadáver de Hoyos, o solo lo mantuvo en su casa como una suerte de idolatría. El objeto que encontraron en 1952 era un cilindro metálico envuelto en telas de seda, la misma herramienta con la que los rumores especulaban que Tanzler podría haber conseguido consumar la profanación sexual del cuerpo de Helen Hoyos. Ahora, los investigadores no solo confirmaban esta teoría, sino que descubrían que las mismas prácticas se habían estado realizando con la estatua con la que Carl había convivido en los últimos años de su vida.

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