TODOS SANTOS (Crónica)

Paseando entre tumbas de ultramar en un cementerio de indianos

Pasear por el cementerio de Vilanova i la Geltrú (Barcelona) es hacer un recorrido no solo por la historia de este municipio marinero catalán, sino también por la de las excolonias españolas de ultramar y conocer arte e historia de los últimos 200 años a través de las suntuosas tumbas y panteones de los indianos que hicieron fortuna allende los mares.,En este camposanto, construido en 1817, reposan los restos, entre otros, del escritor y político Víctor Bal

Agencia EFE

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Paco Niebla.

Pasear por el cementerio de Vilanova i la Geltrú (Barcelona) es hacer un recorrido no solo por la historia de este municipio marinero catalán, sino también por la de las excolonias españolas de ultramar y conocer arte e historia de los últimos 200 años a través de las suntuosas tumbas y panteones de los indianos que hicieron fortuna allende los mares.

En este camposanto, construido en 1817, reposan los restos, entre otros, del escritor y político Víctor Balaguer, tres veces ministro, de Ultramar y de Fomento, el literato Manuel de Cabanyes, el pintor Joaquim Mir o el político y empresario Francesc Gumá, uno los indianos más relevantes y de los que más contribuyó a que el tren llegara a Vilanova en 1881.

Aunque quizá el indiano catalán más famoso sea Facundo Bacardí, el del ron, que está enterrado en el cementerio de la vecina localidad de Sitges (Barcelona), en Vilanova descansan los restos de otros muchos indianos millonarios y mecenas, como los de Miguel Miró y su hija Magdalena, Joan Samà, Manuel Olivella o Manuel Solé.

Y también Pau Soler Morell, que murió en 1900 a los 78 años, el indiano más rico, fundador en 1878 de la Caja de Ahorros de Vilanova y que llegó a ser presidente del consejo de administración del ferrocarril.

Jordi Pérez, que trabaja en ARC Gestió Cultural, lleva cinco años haciendo de guía en el cementerio, y se esfuerza para que los visitantes aprecien los detalles artísticos que han dejado arquitectos como Bonaventura Pollés o Josep Doménech Estapà, autor, entre otros, del Observatorio Fabra de Barcelona.

También señala las filigranas que escultores como Joan Roig -autor también de la Dama del Paraguas del Parque de la Ciutadella-, o Pau Carbonell cincelaron en los panteones de los indianos.

Plantas adormideras -las flores del sueño eterno-, guirnaldas, motivos naturales y vírgenes con anclas aparecen repetidas en las magnas sepulturas y mausoleos de los indianos de Vilanova.

La atención de los visitantes a estos motivos artísticos se desvía cuando Pérez siembra la duda sobre si en la monumental sepultura modernista de Balaguer está enterrado verdaderamente este prohombre.

"Balaguer era masón de grado tres (maestro) y los masones no se enterraban en cementerios cristianos como este", señala el guía para sorpresa de la veintena de visitantes que le acompañan.

"Nunca lo sabremos de verdad, pero algunos dicen que está enterrado bajo la cúpula del museo Víctor Balaguer -en la misma ciudad-, pero también hay quien dice que allí no está...", deja la duda en el aire.

Lo que más llama la atención del monumental panteón de Víctor Balaguer, obra del arquitecto Pollés, es el epitafio que dejó escrito: "Sin amor para mí, lo tuve para todos".

Los cipreses, esos árboles altos, típicos de cementerio porque sus raíces crecen verticalmente hacia abajo y así no perturban a los muertos enterrados a su lado, decoran los rincones de esta necrópolis, cuya entrada, presidida por el lema "Expecto Carnis Resurrectionem" -algo así como "esperando la resurrección del espíritu"-, desemboca en una iglesia blanca que hizo construir en 1840 el indiano Miguel Miró.

A la derecha aparecen las primeras tumbas monumentales, algunas descuidadas y envejecidas, como el templete neoclásico de Joan Samà, navegante y comerciante, que impulsó el Fomento Vilanovés en 1853.

Cerca estuvo enterrado Joan Oliva, el bibliotecario que catalogó los 25.000 ejemplares de la biblioteca de Víctor Balaguer y cuyo nicho fue desahuciado por abandono familiar.

En la parte más antigua del cementerio están las capillas con arco, donde reposan más 'americanos', empresarios catalanes de clase alta que durante la segunda mitad del siglo XIX se enriquecieron con negocios en América.

Destacan el mausoleo de Pau Soler, obra del escultor Pau Carbonell, que es una gran cruz de piedra esculpida y colocada sobre un montón de rocas que le da la envergadura de un ciprés y el aspecto de un tronco que destaca entre varios templetes neogóticos.

El monumento funerario de Josep Francesc Lluch también es obra de Bonaventura Pollés, y en el sepulcro de la familia Marqués, donde está enterrado el escritor Manuel de Cabanyes, fallecido en 1833 con apenas 25 años, destacan esculturas de Joan Roig.

En la tumba modernista de la familia Font reposan los restos del arquitecto Josep Font i Gumà, mientras que sobresale el templete de la familia Ortoll, obra de Doménech Estapà, y la capilla adosada a la iglesia del cementerio donde descansa José Valls Canela, que murió en 1876 y que está custodiado por reloj de arena alado como símbolo del paso del tiempo.

Junto a las esculturas modernistas, un sepulcro que destaca por su sencillez acoge al pintor Joaquim Mir (1873-1940) que, aunque nació y murió en Barcelona, quiso ser enterrado en su amada Vilanova.

Jordi Pérez nos dice que, antes de marcharnos, acabemos nuestro paseo necro-histórico en un anexo del cementerio, que le llaman "neutro" o "cementerio de los protestantes", donde eran enterradas aquellas personas que no eran católicas. Todos descansen en paz.

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