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Solidaridad que va y viene

Los vecinos del barrio de Quintana le están devolviendo a su bar de confianza todo lo que ellos les dieron durante los peores meses de la pandemia.

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Carmen Broncano

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 12:59

En el barrio Quintana se acumulan los comercios, las viviendas, los talleres, zapaterías, lavanderías, restaurantes... La calle Alcalá sube tanto que los número empiezan a tener tres cifras y sigue como si no se fuera a acabar. En medio de todo ese tráfico y esos semáforos siempre en rojo, hay una plaza -no muy grande- en la que te quieres quedar a pasar todo el día. Y en ese espacio hay un bar en el que quedarse toda la vida.

Raúl Cabrera regenta un lugar de hace mucho tiempo, pero reformado. Hay fotos en blanco y negro de cuando Quintana era simplemente un pueblo y de todos aquellos que han ido a tomarse una cerveza y unas bravas -la especialidad especialísima-. Hay terraza, barra y planta de arriba. Conseguir mesa es fácil si tienes paciencia y comer allí es éxito asegurado. Pero es que ahora, más que nunca, y a pesar de todo, están en boca de todos.

Cuando nos encerramos en casa en marzo del año pasado hubo miles de familias en todo el país que se quedaron sin nada que comer. Raúl no podía estar en casa quieto pensando en esas personas. En sus personas, las del barrio. Sabía que había varias en esa situación. Tenía un local grande, una cocina amplia y trabajadores en ERTE dispuestos a trabajar. Pidió permisos, aprovechó su furgoneta y el Ayuntamiento le facilitó una lista de las personas del distrito que estaban atendidas por los servicios sociales. El resto fue hacer lo que mejor sabe hacer: cocinar y hacer felices a los demás.

Iban dos días a la semana a las cocinas para minimizar los riesgos lo máximo posible y cocinaban para la mitad de la semana. Daban dos menús completos al día -comida y cena- con platos saludables y equilibrados hasta que una pastelería de la zona ofreció sus dulces para el desayuno. Se ofrecieron también el panadero y el pollero y así se creó una pequeña comunidad de ayuda y reparto que atendía cada día a 70 personas. Lo hicieron de abril a junio.

No han querido aparecer en los medios y esta vez ni siquiera lo buscaron -el periodismo se cuela en todas partes-, pero ahora que están en todas partes se han encontrado con la respuesta de los suyos: los clientes van, más que nunca, a darles las gracias mientras piden una de bravas. De hecho, los hosteleros de Madrid predijeron unas pérdidas de 35 millones de euros al comienzo del año y este bar está ingresando un 20% más de lo que ingresaba antes de la pandemia. Las pérdidas aquí no existen.

Para Raúl ayudar era casi una obligación. “Teníamos que hacer las cosas bien”. No parece que lo pensara en exceso y tampoco que escuchara a todos aquellos que le decían que estaba loco, que cómo iba a salir a la calle en pleno encierro. “Creo que la gente está tirándose el rollo con nosotros, igual que nosotros nos lo tiramos con ellos”. Y bendito rollo.

Jesús está sentado justo enfrente del bar, pero no abre hasta las doce del mediodía. Queda una hora. Dice que está esperando a tomarse el aperitivo. Que aquí viene todo el mundo, que los niños intercambian cromos en la plaza, que vienen los hijos, los padres, los abuelos.

Aunque ellos ya colaboraban antes con las asociaciones de vecinos, el equipo de fútbol de los pequeños y otras tantas cosas que lo hacían más humano y más del barrio, el camino solidario va a seguir. Todavía está a medio hacer. “Si sale bien os llamo”, nos dice. Continuará.


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