Madrid - Publicado el - Actualizado
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En la campaña electoral de las elecciones del pasado 20 de diciembre tuvimos la oportunidad de observar los juegos malabares que el líder de Podemos, Pablo Iglesias, iba haciendo según convenía a la demoscopia. Consciente de las aristas gruesas que tiene el comunismo y obsesionado por alejarse de lugares como Venezuela o Irán, Podemos no duda en vestir una nueva piel, bajo la fórmula suave y empática de la socialdemocracia. Como palabra talismán puede tener un efecto hipnótico en quien se quede solo en la epidermis. Hablar de una formación de carácter social y de todo lo que tenga que ver con la democracia, sirve como operación cosmética para Unidos-Podemos, pero resulta un punto cómico que Pablo Iglesias se presente ante la opinión pública como un líder socialdemócrata de tipo centroeuropeo o escandinavo. Sus referentes no son precisamente los de una formación que busque integrarse en las democracias modernas, de la mano del socialismo europeo del siglo XX, e incluso radicado en diferentes corrientes de carácter humanista. Una coalición que rechaza la Unión Europea, que postula el control estatal de la economía y de los medios de comunicación, y que aboga por el más rancio laicismo no puede llamarse socialdemócrata. Su impostada representación, queriendo asumir ahora los valores y la tradición de la rosa socialdemócrata, responde a un evidente interés electoralista, en un intento por engullir al electorado de otras formaciones. Es una estrategia que a estas alturas no debería engañar a nadie.



