Madrid - Publicado el - Actualizado
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El Papa Francisco ha estado esta semana entre frailes. Como él mismo ha dicho, un jesuita entre frailes que se ha hecho presente en Asís, con los franciscanos, y en El Vaticano con los dominicos, al cumplirse ocho siglos desde que el Papa Honorio III confirmó la Orden de los Predicadores.Los dos encuentros han tenido como hilos conductores la alegría por el don que suponen los distintos carismas en la Iglesia y el perdón y la caridad, como vías que pueden renovar verdaderamente no solo la Iglesia sino el mundo entero, una tarea que ninguna de nosotros puede rehuir, particularmente en este Año Santo de la Misericordia. El Señor nos ha hecho un gran regalo enseñándonos a perdonar para experimentar en carne propia la misericordia del Padre. Debemos perdonar a una persona que nos ha hecho mal porque nosotros somos los primeros que hemos sido perdonados. Dios no se cansa de ofrecer siempre su perdón cada vez que se lo pedimos; un perdón que no conoce límites, que va más allá de nuestra imaginación y que alcanza a quien reconoce, en lo más íntimo de su corazón, haberse equivocado y querer volver a Él.Esta actitud tiene mucho que ver no solo con reconocernos débiles sino con reconocer al otro como un hermano al que necesitamos y nos necesita. Como ha subrayado el Papa ante los dominicos, los fieles no solo necesitan recibir la Palabra en su integridad, sino también experimentar el testimonio de vida de quien predica. Por eso, el predicador del Evangelio debe ser testigo en la caridad. Y cuanto más salgamos a saciar la sed del prójimo, tanto más seremos predicador de verdad, de esa verdad anunciada por amor y misericordia.



