LÍNEA EDITORIAL
No hay santidad sin alegría
A menudo, el mundo nos dice que para ser felices tenemos que ser ricos, poderosos, siempre jóvenes y tener fama y éxito

No hay santidad sin alegría
Madrid - Publicado el - Actualizado
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En la festividad de Todos los Santos, el Papa Francisco ha recordado que no hay santidad sin alegría, pero tampoco sin profecía. Por una parte, la alegría del cristiano, que no es la emoción de un momento o simple optimismo humano, sino la certeza de poder afrontar cada situación bajo la mirada amorosa de Dios, con la valentía y la fuerza que proceden de Él. Sin alegría, la fe se convierte en un ejercicio riguroso y opresivo, y corre el riesgo de enfermarse de tristeza. Por otro lado, profecía, en el sentido de que ser santos es recorrer el camino de las Bienaventuranzas, una apuesta contracorriente, dirigida a los pobres, a los afligidos, a los hambrientos de justicia.
A menudo, el mundo nos dice que para ser felices tenemos que ser ricos, poderosos, siempre jóvenes y tener fama y éxito. Ser santos, en cambio, requiere de esa pobreza espiritual que consiste en vaciarse de uno mismo para dejar espacio a Dios. Quien se cree rico, exitoso y seguro, lo basa todo en sí mismo y se cierra a Dios y a sus hermanos. Sin embargo, quien es consciente de ser pobre y de no bastarse a sí mismo, permanece abierto a Dios y al prójimo. Las Bienaventuranzas se convierten así en su hoja de ruta, en la profecía de una humanidad nueva, de un modo nuevo de vivir, el de aquel que, con mansedumbre, trabaja incansablemente por la justicia y por la paz, en vez de alimentar, incluso con la connivencia, injusticias y desigualdades.