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Línea Editorial 07/09/2016

Violencia desatada en el Congo

Oro, coltán, petróleo, diamantes y níquel son algunos de los preciados tesoros que alberga la República Democrática del Congo, un país que pese a sus innumerables riquezas materiales, ni puede vivir en paz, ni conoce la seguridad ni la estabilidad. El mes de agosto, pese al silencio internacional ha convertido al Congo en noticia. Beni, una ciudad en Kivu del Norte, ha sido masacrada por fuerzas islamistas ugandesas. Las Fuerzas Aliadas Democráticas persiguen la imposición de la “Sharía” en el Congo y lo hacen con la ayuda de Boko Haram y de las milicias del Al Shabab. Juntos han asesinado desde 2014 a más de 1500 personas. Convenientemente armadas y bien abastecidas, las milicias islamistas operan en zonas especialmente ricas del África subsahariana, convirtiéndose en la avanzadilla de unos intereses económicos que no dudan en sufragar el terror con el que provocar masacres y grandes desplazamientos humanos. Buscan riquezas materiales pero también niños soldados y esclavas sexuales. Y mientras eso sucede, y el Congo y otros países africanos se llenan de cadáveres y campos de refugiados, la comunidad internacional guarda silencio, como denunció el pasado mes de agosto el Papa. Un silencio culpable y estúpido, porque nuestra seguridad depende también de la seguridad y el bienestar de África.   

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