México: Nuncio Apostólico preside la clausura de Cursos del Instituto de Pastoral Bíblica

México: Nuncio Apostólico preside la clausura de Cursos del Instituto de Pastoral Bíblica

Redacción digital

Madrid - Publicado el - Actualizado

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México: Nuncio Apostólico preside la clausura de Cursos del Instituto de Pastoral Bíblica

Este 12 de junio el Nuncio Apostólico en México, monseñor Christophe Pierre, presidiò la clausura de los Cursos del Instituto de Pastoral Bíblica. En su homilía, monseñor Pierre indicó que "hoy encontramos muchas personas que no son felices, que van a la deriva, que recorren sus propios "desiertos existenciales" sedientas de felicidad".A continuación ofrecemos la homilía pronunciada por monseñor Christophe Pierre.

Homilía de S.E.R. Mons. Christophe Pierre

Nuncio Apostólico en México

Clausura de Cursos del Instituto de Pastoral Bíblica

(México, D.F., 12 de junio de 2015)

Queridas hermanas y hermanos,

Estamos reunidos celebrando la Eucaristía: la Acción de Gracias más excelente que podemos ofrecer al Padre al clausurar los Cursos que ustedes han llevado a cabo en el Instituto de Pastoral Bíblica fundado por el P. Salvador Carrillo Alday, a quien saludamos con afecto y, agradecidos y llenos de confianza, lo encomendamos de corazón a la bondad de Dios que lo llamó a emprender esta obra y que sabe recompensar generosamente a sus siervos buenos y fieles.

Oramos y damos gracias con profundo gozo, insertos en el espíritu de la solemnidad que este día tiene como centro el Sagrado Corazón de Jesús. Festividad que permite que la Acción de Gracias que surge de nuestros corazones, se una al Corazón de Jesús, conformando una única ofrenda espiritual al Padre, dador de todos los bienes.

Hablar del "corazón" significa, -lo sabemos-, hablar no solo de ese fundamental órgano del cuerpo humano encargado de hacer llegar, con sus impulsos, la sangre a todo el organismo, sino hablar también de los significados que, partiendo de su importante función en el cuerpo, ha tomado siempre y prácticamente en todas las culturas y también en el lenguaje bíblico, en el que la expresión: corazón, nos remite, -diciéndolo en breves palabras-, a lo más íntimo de la persona, a su entendimiento y su voluntad; a la sede en la que se originan y desde la que brotan los sentimientos y afectos más nobles. Los expertos en escrutar la Sagrada Escritura afirman que precisamente es ese el significado que el Antiguo Testamento da al corazón de Dios en bien veintiseis ocasiones.

Así parece presentarlo el pasaje del libro del profeta Oseas que hemos escuchado. En él encontramos el tema del corazón de Dios que expresa de manera clara la dimensión del amor con el que el Señor se dirige a Israel: "Cuando Israel era niño, yo le amé, y de Egipto llamé a mi hijo" (Os 11,1). Fiel predilección divina a la que, sin embargo, Israel correspondió con indiferencia e incluso con ingratitud. "Cuanto más los llamaba -constataba el Señor-, más se alejaban de mí" (v.2). Sin embargo, Él no abandona a Israel en manos de los enemigos, pues "mi corazón, -dice-, se conmueve dentro de mí y se inflama toda mi compasión" (v.8).

De este modo la Palabra hoy ofrece a nuestra contemplación, el misterio del Corazón de un Dios que se inflama de compasión y se conmueve ofreciendo amor a la humanidad. Aspectos del corazón de Dios que, en Jesús, se hacen también "humanamente" cercanos. Él, en efecto, ante las muchas desdichas del hombre mostró siempre un corazón compasivo y misericordioso: por las del ciego, del leproso, de la madre viuda, de la multitud hambrienta, de las gentes que andaban como ovejas sin pastor. En cada circunstancia experimentó profunda compasión, -hessed-; no simple lástima o aflicción, sino misericordia, ternura, amor.

Un amor que es inagotable pasión del Dios que no se rinde ante la ingratitud del hombre y ni siquiera ante el rechazo del pueblo escogido; que se revela, más aún, como la infinita misericordia que envía al mundo al Hijo para que cargue sobre sí el destino del amor destruido, y para que venciendo el poder del mal y de la muerte, restituya la dignidad de hijos a los seres humanos esclavizados por el pecado. Y todo esto a caro precio: "habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13,1).

Amor sin límites que va más allá de la muerte, cuyo símbolo es el costado y el corazón de Cristo Jesús traspasado por la lanza y del cual, -dice San Juan-, salió sangre y agua, imágenes del amor y de la vida de Aquel que yace muerto en la Cruz, y son ofrecidos a los hombres en los sacramentos. Así, la transfixión de la lanza del soldado destinada a comprobar la muerte del Condenado traspasando el Corazón humano que había dejado de latir, se convirtió en el acto gracias al cual todas las generaciones de cristianos han podido leer el misterio del Amor del Hijo de Dios y reconocer en el Corazón de Jesús el símbolo más expresivo de su amor por cada uno de los seres humanos. Amor que en Jesús nunca ha sido palabra vacía, sino palabra que da vida y que se hace vida, también pasando por la muerte.

Ante ello, ¿cuál es la respuesta existencial del hombre? Es triste decirlo, pero, particularmente hoy nuestra respuesta al amor de Jesús no siempre se caracteriza por ser gran cosa, y sí, a veces, parecería que estuviéramos sufriendo una especie de crónica afección cardíaca que bloquea la circulación de la vida y del verdadero amor en nosotros.

Comparando nuestra situación con la que Jesús contempló en su tiempo, nos damos cuenta de que las diferencias, pero también las semejanzas, no obstante el paso de los siglos, son muchas. De suyo, si atendemos a lo más hondo de la persona humana, constataremos que también hoy el hombre busca la verdad; que también hoy el hombre siente vivo el deseo de felicidad sin lograr atinar por cuáles caminos aferrarla; que también hoy ansía justicia real para todos, aún cuando las respuestas efectivas no parecen llegar de ninguna parte. También hoy encontramos muchas personas que no son felices, que van a la deriva, que recorren sus propios "desiertos existenciales" sedientas de felicidad.

Ante este panorama, hoy, al igual que ayer se nos hace presente el Corazón de Jesús invitándonos a conocerlo y a reconocerlo; a aprender a amar como el ama; a tener la voluntad y humildad para acercarnos día a día a la fuente de su corazón para beber y comer de su palabra, de su vida, de su fuerza, y para, desde ahí, ayudar, acompañar, escuchar y comprender a todos aquellos que en nuestra familia, en el trabajo, en la convivencia de cada día añoran, buscan y anhelan compasión y amor.

Esto es también parte de nuestra vocación cristiana: anunciar a Jesucristo resucitado, "rostro visible de la Misericordia del Padre" (MV, 1), con la palabra, pero sobre todo con el testimonio y como testimonio de lo que nosotros mismos hemos logrado ver, escuchar, tocar, experimentar al estar con Jesús y al irnos dejando progresivamente configurar en Él.

Cada uno de ustedes, amigas y amigos, por motivos que cada uno lleva en lo íntimo de sí mismo, se ha acercado al estudio de la Biblia. ¡Felicidades! Los motivos pueden ser diversos, sin embargo, el espíritu y el propósito debería ser para todos el mismo: aprehender, aferrar a Cristo Jesús, y no solo aprender lo que concierne a Dios y a Jesucristo, el Señor.

Aferrar a Jesús, a tal grado, que a través del conocimiento de la Palabra logremos llegar a decir lo que San Pablo: "No soy ya yo quien vive, es Cristo quien vive en mí". Encontrarnos con la Palabra revelada, para lograr ser testigos de la Palabra Encarnada. No de un ser imaginario o de una verdad conceptualizada o aprendida. Sino de una Persona: de Jesús, cuya verdad es mucho más que un simple enunciado. La Persona en la cual se cree y no solo de la que se sabe. Creer de verdad y confesar a Jesús haciéndose uno con Él, recorriendo y edificando la propia existencia desde Él, en Él y con Él. Porque es solo así que el "decir" sobre Cristo se transforma en profesión y confesión de fe. Es este el reto fundamental: aprehender, aferrar a Cristo Jesús, y no solo aprender sobre Jesús.

Porque, para muchos lo normal es presuponer que se piensa y se actúa como Jesús porque se estudió sobre Jesús, pero, en realidad, cuando se habla de Él frecuentemente se piensa y se actúa solo conforme a la propia ciencia y sabiduría. Por ello, ser discípulo implica un constante "recomenzar desde Cristo"; no desde lo que se sabe de Cristo, sino sobre la experiencia del encuentro y del caminar permanente del estar con Cristo. Por eso es necesario "recomenzar desde Cristo" continuamente: pasar de mi mundo, al mundo de Dios, de mi horizonte, al horizonte de Dios. Es necesario aprehender a Cristo, siguiendo a Cristo para, -como dice el Documento de Aparecida-, "asumir su mismo estilo de vida y sus mismas motivaciones (Cf. Lc 6,40b), correr su misma suerte y hacerse cargo de su misión de hacer nuevas todas las cosas" (DA 131).

Y, ¿qué hacer para "asumir su mismo estilo de vida y sus mismas motivaciones, correr su misma suerte y hacerse cargo de su misión de hacer nuevas todas las cosas"? La respuesta la da Jesús: "Dichosos los que cumplen la palabra del Señor con un corazón bueno y sincero, y perseveran hasta dar fruto"; porque "todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que construyó su casa sobre roca" (Mt 7,24), así serán "bienaventurados (…) los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen" (Lc 11, 28); más aún, serán no solo discípulos, sino miembros de su misma familia, pues "mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen".

Queridos hermanos. El estilo de vida del discípulo de Jesús recibe de María una característica peculiar. Ella nos enseña que sin escucha, sin acogida, sin corazón, sin seguimiento, sin coherencia y sin amor, no hay existencia válida ni anuncio creíble.

Entremos, pues, en su escuela, para que Ella nos enseñe cómo acoger la Palabra y vivirla desde la fe; para lograr ser bienaventurados, como Ella, primera entre todos aquellos "que oyen la Palabra de Dios y la guardan" (Lc 11,27), a conservarla en el corazón y a hacerla vida.

Que Ella, a quien invocamos confiadamente llamándola Santa María de Guadalupe, Madre del Verbo Encarnado, alcance a todos y cada uno, particularmente al P. Salvador, la abundancia de los dones del Espíritu Santo y nos obtenga ser, hoy y cada día, a través del propio testimonio y pública confesión de fe, discípulos, misioneros, evangelizadores santos que van y llevan el mundo a Cristo, sin miedo y sí con decidida actitud y disponibilidad de servir al hombre: a todo el hombre y a todos los hombres, por amor al Señor Jesús (cf. Pp. Francisco, Homilía, XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, 28.VII.2013).

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Fuente: Conferencia del Episcopado Mexicano

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