Jesús Catalá, sobre el drama migratorio: "Estamos parcheando, la Iglesia tiene que ser la voz de los que no tienen voz para que las instituciones hagan su trabajo"
El obispo emérito de Málaga ha mostrado en 'Eméritos' su preocupación por el aumento de los trastornos de salud mental: "Los estímulos externos ofrecen placeres cortos que no sacian el deseo profundo de felicidad"

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El obispo emérito de Málaga, Jesús Catalá, ha protagonizado una nueva entrega de 'Eméritos'. Valenciano de origen, Catalá ha subrayado la sintonía que encontró desde su llegada a Málaga, una tierra que describe como cercana a su propia identidad mediterránea. “Mi venir aquí ha sido muy suave, con mi ser valenciano, porque esto es Mediterráneo, y yo prácticamente es como si estuviera en casa desde el primer momento”, ha afirmado, destacando elementos como “la luz, la apertura de la gente, la cocina, el saber vivir, disfrutar de la vida y la religiosidad popular”.
Precisamente sobre esa religiosidad popular, tantas veces reducida desde fuera a una expresión folclórica, el obispo emérito defiende con claridad su valor espiritual y evangelizador. “Es muchísimo más, es verdadera, y a mucha gente le está haciendo un gran bien vivir la fe”, recalca, haciendo hincapié que cofradías, asociaciones y movimientos son, para muchas personas, “la única manera de contactar, al menos en algunas ocasiones, con la fe y celebrarla”.
En este contexto, también ha abordado la realidad del turismo, muy presente en Málaga, como una oportunidad pastoral. “Eso también es una forma de acogerles”, recordando en este punto la experiencia de un turista japonés que se acercó al sacramento de la confesión.
La psicología como servicio y la experiencia de Roma
Jesús Catalá ha detallado su faceta más académica y formativa. Profesor y estudioso, su formación en Psicología no respondió a una inquietud personal, sino a una necesidad pastoral. “Fue más por un servicio”, recuerda al relatar cómo, siendo joven sacerdote, se le encomendó el acompañamiento vocacional. “Noté que me faltaban herramientas para ayudar al otro a discernir su futuro”, añade.
Uno de los momentos centrales de la conversación fue el recuerdo de sus años en Roma, donde permaneció trece años y trabajó durante una década en la Secretaría del Sínodo de los Obispos, bajo el pontificado de san Juan Pablo II. Catalá ha calificado esa etapa como “los años más fecundos y más hermosos del ministerio”, destacando que allí aprendió a mirar la Iglesia “no desde tu campanario, sino desde una atalaya universal”.
Especialmente intensa fue su evocación de los viajes apostólicos a África junto al Papa, en el marco de la preparación del Sínodo para África. “Fueron impresionantes”, afirma, explicando el trabajo de acompañamiento, diálogo con los obispos locales y participación en celebraciones, en un contexto marcado por la diversidad cultural y lingüística.
jesús Catalá sobre la crisis de las Migraciones: "Estamos parcheando"
Entre los grandes retos contemporáneos, Catalá pone el acento en el fenómeno migratorio, que ha conocido de cerca en lugares como Melilla. “Es un problema muy complejo”, advierte, apostillando el derecho de toda persona a poder vivir dignamente en su país de origen y denunciando el sufrimiento extremo de quienes pasan años “maltratados, pisoteados, abusados” antes siquiera de llegar a Europa.
En este sentido, el obispo emérito de Málaga reconoce los límites que existen en la acción eclesial ante un problema estructural como el de las migraciones. “Estamos parcheando”. Al mismo tiempo, ha ensalzado el papel de la Iglesia como “la voz de los que no tienen voz” y la necesidad de seguir ayudando “según tus posibilidades”, como se hace desde Cáritas y otras realidades de acogida.
Catalá también ha reflexionado sobre la crisis existencial que atraviesa la sociedad actual, marcada por el aumento de los suicidios y la búsqueda desesperada de sentido. Frente a lecturas triunfalistas o catastrofistas, el obispo emérito de Málaga apela a la confianza. “Señor, es tu Iglesia, no es la mía”, afirma, subrayando que los estímulos externos ofrecen “placeres cortos” que no sacian el deseo profundo de felicidad. “Eso hay que explicárselo”, concluye, reafirmando la vigencia del anuncio cristiano en medio de un mundo herido.





