Santa Rosalía, la parroquia de Hortaleza que abrió la puerta a los migrantes en pandemia: "Les dimos un hogar"

En este barrio madrileño, el templo se ha convertido en el hogar de jóvenes en situación de asilo y refugio a los que los efectos de la covid-19 dejó en la calle

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La parroquia de Santa Rosalía, en el barrio madrileño de Hortaleza, tiene en Moncho, su párroco, una persona que es difícil encontrar en otro lugar. En medio de muchas dificultades y en medio de una pandemia mundial él decidió pensar en los más vulnerables, en los jóvenes migrantes que ante la llegada de una crisis sin precedentes decidieron llegar a las puertas de la Iglesia para pedir ayuda.

En un primer momento el párroco de Santa Rosalía decidió pagar el alquiler de las habitaciones donde estaban los jóvenes, pero cuando la economía de la parroquia se empezó a resentir decidió tomar una drástica decisión. Decidió acoger a cuantos más jóvenes posibles dentro de la parroquia, en unos espacios que se utilizaba para unas reuniones semanales. Estos espacios se convirtieron así en las habitaciones de estos chicos que, de repente, se encontraron, gracias a la ayuda de Moncho, con un hogar.

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Todo empezó con el Estado de Alarma y el confinamiento del país: “Empezamos a comprender que había algo más que decir. Cuando surgió la pandemia y se confinó el país, empezaron a llegar cada vez más chicos de distintas partes que no tenían como pagar la habitación. Nos encontramos que teníamos que hacer frente al pago de las habitaciones y la economía se resentía en ese aspecto y fue cuando surgió la idea de acogerlos aquí en la parroquia”.

Antes de habilitar los bajos de la parroquia, Moncho decidió abrir los pisos encima del templo y acoger a dos familias, una venezolana y una hondureña. Marlon es padre de una niña que nació justo antes de la pandemia y vive con su mujer en uno de estos pisos. Desde Honduras llegaron a España huyendo de una amenaza de muerte relacionada con su pequeño negocio. “Yo llegué en enero de 2019 a un pueblo de la Sierra huyendo de las mafias en Honduras. Con el dinero que teníamos decidimos venirnos para Madrid sin nada. En Guadarrama dormíamos en un colchón en el suelo”.

“Hubo un momento donde nos echaron a las doce de la noche y me acuerdo que le hablé a esa hora a Moncho y me dijo que no me preocupara y que al día siguiente me viniera para aquí. El padre se encargó de conseguirnos una habitación y nos estuvo pagando alrededor de un año” recuerda Marlon.

Auxiliar de enfermería, en octubre del año pasado Marlon y su mujer, consiguieron los papeles. En diciembre empezó a trabajar en un burger. Y asumió el alquiler. En enero nació su hija y en marzo se quedó en el paro. De nuevo, sin recursos. El padre Moncho les cedió uno de los pisos parroquiales.

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John Jairo es uno de los jóvenes que llegaron a la parroquia durante la pandemia. Llegó a España en 2019, sus padres decidieron enviar a su hijo a vivir junto con su hermana, pero un conflicto entre ellos llevó al joven a dejar esa casa: “Estuve viviendo un tiempo solo y cuando llegó la pandemia no tenía permiso de trabajo y ya tenía muy poco que hacer”. El joven colombiano llegó a la parroquia a través de su amigo Sebastián: “Me habló de la parroquia, me estuvieron ayudando unos meses pagando el alquiler y yo venía por alimentos y me quedaba a ayudar”.

Aquí en la parroquia ha encontrado unos nuevos hermanos con los cuales puede compartir la vida: “Con ellos somos como hermanos, compartimos todos. Si queremos salir salimos todos, cocinamos y limpiamos todos. Somos ya como hermanos”.

El párroco de Santa Rosalía subraya la importancia de ayudar y ser ayudado. Este es su gran secreto para una buena acogida: “Ellos han estado en los dos lados de la línea, ellos han necesitado, necesitan todavía ayuda, pero también tienen la capacidad, desde su propio dolor y sufrimiento, en ayudar al más necesitado y al más vulnerable”.

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Moncho remarca la importancia de tenerlos ayudando desde el primer día de la pandemia: “Aún sin estar viviendo aquí, venían a dar los alimentas porque nos encontramos que los 15-16 voluntarios de Caritas en la parroquia, por la edad que tienen, era mejor mantenerlos al margen por la seguridad de ellos y de los demás”.

Desde el principio Padre Moncho tenía un gran objetivo, hacerles sentir en casa: “Para sentir un hogar para mí era fundamental que tuvieran sus llaves y tuvieran la libertad de poder salir y de poder entrar cuando quisieran”. Desde un primer momento Moncho pensó que lo que no quería era un albergue donde los jóvenes tenían que llegar a una hora y salir a otra y el resto del día deambular por la calle. “Quería ofrecerles un hogar y que lo sintieran como eso”.

A los chicos les hemos preguntado si existiría una palabra para definir el trabajo que ha hecho Moncho para ellos pero John Jairo lo tiene claro: “No existiría una palabra para describir a Moncho, con todo lo que ha hecho por nosotros. Para lo que necesitemos siempre ha estado él”.

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