Centinelas de la sabiduría

Jóvenes, volverá a recordar el Papa en Panamá, dejad que los ancianos os transmitan su amor a Dios cincelado por la vida

Teresa Lapuerta

Teresa Lapuerta

Tiempo de lectura: 3'Actualizado 27 dic 2018

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He pedido a los Reyes Magos La sabiduría de los años, un libro del Grupo de Comunicación Loyola que cuenta las vivencias de 84 ancianos de todo el mundo, entre los que está el papa Francisco, que interviene como una persona mayor más, con pequeños relatos suyos en cada capítulo y reflexiones sobre muchas de las historias que se cuentan. La iniciativa, que en sí ya me parece interesante, lo es todavía más porque se trata de una publicación propuesta y encargada directamente por el Santo Padre con el objetivo de que la experiencia de los años actúe como un puente entre la ancianidad y la juventud. De hecho, fue presentada durante el Sínodo de los Jóvenes en Roma, el pasado mes de octubre. Además, por hacer un poco de patria, entre los cuatro españoles elegidos para ofrecer sus lecciones de vida al mundo hay dos vallisoletanos, el exfutbolista Chus Landáburu y el psiquiatra Miguel Ángel Boronat.

Lo cierto es que una, aunque todavía no es mayor (bueno, no tan mayor), ha dejado de ser joven y cada vez mira hacia delante con más ternura. Ya nos lo advertía el Papa en una de sus catequesis del año 2015: “El anciano no es un extraterrestre. El anciano somos nosotros: dentro de poco, dentro de mucho, inevitablemente, aunque no pensemos en ello. Y, si no aprendemos a tratar bien a los ancianos, así nos tratarán a nosotros”.

Pero de las mil y una declaraciones del pontífice jesuita sobre el valor de la ancianidad y la importancia de los abuelos en la familia y en la sociedad, me quedo con la pronunciada en septiembre de 2014, con motivo de un encuentro en Roma con 40.000 ancianos, destacada también como reclamo de la publicación: «Los ancianos tienen sabiduría. Sobre ellos recae una

gran responsabilidad: transmitir su experiencia de la vida, la historia de su familia, la historia de una comunidad, de un pueblo». Es decir, no solo hay que mirar a los mayores con cariño y mimarlos, que también porque sin duda son merecedores del mayor respeto y dignidad, sino que, recuperando al Platón de ‘La República’, es imperioso escucharlos atentamente y aprender de ellos, porque este mundo necesita de su sabiduría, de su sensatez, de su equilibrio. Yo también estoy convencida, como lo está Francisco, de que “un pueblo que no escucha a los abuelos es un pueblo que muere”.

Seguro que volverá a incidir el Papa en la que es una de sus llamadas más recurrentes durante la Jornada Mundial de la Juventud que se celebrará a finales de enero en Panamá. Recordará a los jóvenes hispanoamericanos, como lo hizo hace cinco años a los concentrados en Río de Janeiro: “¡Qué importantes son los abuelos en la vida de la familia para comunicar ese patrimonio de humanidad y de fe que es esencial para toda sociedad!”.

Jóvenes, puede que les diga, miraos en ellos hoy más que nunca. Descended a su ritmo pausado. Dejad que os alienten con su fe, que os transmitan ese amor a Dios cincelado por los años, las alegrías y las tristezas. Empapaos de ellos, porque sus enseñanzas os acompañarán toda la vida. “Qué bello es el aliento que el anciano logra transmitir al joven en busca del sentido de la fe y de la vida! Es verdaderamente la misión de los abuelos, la vocación de los ancianos. Las palabras de los abuelos tienen algo de especial para los jóvenes. Y ellos lo saben. Las palabras que mi abuela me dio por escrito el día de mi ordenación sacerdotal, las llevo todavía conmigo, siempre en el breviario, y las leo a menudo, y me hacen bien” (Catequesis de la audiencia general, Ciudad del Vaticano 11/03/2015).

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