María, modelo de consagración

Agencia SIC

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Mons. Enrique Benavent El próximo dos de febrero, fiesta de la presentación del Señor, se celebra en toda la Iglesia el día de la vida consagrada. La celebración de este año tiene un carácter especial, porque termina el año de la vida consagrada. En Vida diocesana hemos dedicado un escrito cada mes a presentar distintos testimonios de santidad, porque lo más valioso que este estado de vida ha aportado y está llamado a aportar a la Iglesia, son los frutos de santidad. Hoy quiero centrar mi reflexión en la Virgen María. Su entrega a Dios es el modelo más claro para todos los consagrados y consagradas. De hecho, no encontraremos ningún santo entre los consagrados a Dios, que no haya tomado como modelo a María en la vivencia de su vida religiosa.

María se consagró a Dios plenamente cuando, en el momento de la Anunciación, dijo al ángel Gabriel: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38). Estamos ante el acontecimiento más decisivo de su vida. Todo lo anterior no era más que una preparación para este momento de fe, de obediencia humilde y de entrega a Dios. Todo lo que le ocurrió después no fue más que una consecuencia de lo que aquí sucedió. La luz de este sí ilumina toda su vida.

Estas palabras de Maria tienen la forma de un voto, de una profesión solemne. Estamos ante un acto de obediencia confiada a Aquel a quien María reconoce como su Señor y ante quien ella se siente una humilde esclava. De hecho, no pide explicaciones, no quiere comprenderlo todo antes de decidirse, ni exige garantías previas. En las palabras del ángel ha descubierto que su Señor le pedía una colaboración sin reservas a la obra de la Redención y ha obedecido.

Esa obediencia amorosa es posible porque María vivía y ha vivido siempre en una absoluta pobreza de espíritu. Sólo puede obedecer con generosidad quien es pobre y humilde; quien vive en la austeridad y en la sencillez; quien no vive en el orgullo por lo que tiene, por lo que es, por lo que hace o por aquello que ha conseguido en la vida. La obediencia sincera sólo puede nacer de un corazón humilde y sencillo, de un corazón pobre y alegre. Esta pobreza de espíritu se manifiesta también en el hecho de que María no cantó nunca sus grandezas y, sin embargo, proclamó las grandezas de Dios.

En su sí María es virgen para Dios, porque no sólo está manifestando su deseo de colaborar en la obra de la Redención haciendo algo, sino que está entregando su persona para que Dios haga de ella lo que quiera. La plenitud del amor y de la gracia de Dios, que se derramaron sobre María en el momento de su concepción, ha fructificado en la plenitud de su entrega amorosa.

Esta entrega de María fue para siempre, sin reservas ni ambigüedades. Ella, dejando lo que quedaba atrás, se lanzó hacia delante confiando únicamente en Dios. En ningún momento dudó de lo que había hecho, ni se le ocurrió pensar que quizás otra opción en su vida habría sido mejor. Sabe que la obediencia amorosa a la voluntad de Dios es lo mejor para ella y lo que la hará realmente feliz incluso en los momentos del dolor y de la oscuridad.

Pidamos al Señor, como fruto de este año de la vida consagrada, que no falten en su Iglesia jóvenes deseosos de entregarse a Dios siguiendo el camino de María, i que los consagrados y las consagradas vivan con alegría su camino de santidad.

+ Enrique Benavent Vidal

Obispo de Tortosa

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