

"Rosalía ha sentido la necesidad de pedir disculpas por una reflexión que probablemente en otro tiempo habría quedado en eso, en una reflexión particular"
Analiza Pilar García Muñiz lo sucedido con Rosalía y sus declaraciones sobre Picasso
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Hay una palabra que define muy bien este tiempo, susceptibilidad. La sensación de que cualquier frase, cualquier matiz, cualquier duda expresada en voz alta puede acabar convertida en una trinchera. Y eso es exactamente lo que le ha pasado a Rosalía.
Hace unos días, en un podcast con la escritora argentina Mariana Enríquez, la artista catalana habló sobre Pablo Picasso y dijo algo que, escuchado en su contexto, sonaba más a reflexión espontánea que a manifiesto.
Rosalía reconoce que diferencia al artista de la obra. Bueno, pues estas palabras han encendido la mecha porque, en cuanto esta frase salió del contexto del podcast y entró en el ecosistema de las redes, dejó de ser una reflexión en voz alta para convertirse en un examen público.
Ya no importaba el tono, ni la conversación completa, ni la intención; importaba tomar partido y rápido. Sectores del activismo feminista y cientos de usuarios, sobre todo de X, antiguo Twitter, se lanzaron contra el pensamiento de Rosalía, recordando el carácter déspota y machista que dicen que tenía el artista malagueño.
La polémica ha llegado hasta tal punto que este fin de semana Rosalía ha tenido que salir a rectificar en TikTok.
Y aquí está el asunto de fondo, porque el verdadero precedente no está en las palabras sobre Picasso, sino en la rectificación. Y es que un artista de la dimensión de Rosalía ha sentido la necesidad de salir a pedir disculpas por una reflexión que probablemente en otro tiempo habría quedado en eso, en una reflexión particular.
Pero ahora, en esta vorágine en la que vivimos por las redes sociales, nos preguntamos si estamos perdiendo libertad, ¿estamos más limitados que nunca? Porque ya vivimos un momento, sobre todo si hablamos de figuras públicas, en el que no solo tienes que pensar lo que dices, sino que tienes que anticipar cómo se va a recortar, cómo se va a viralizar, cómo se va a interpretar y a qué bando también puedes decepcionar. Como si las personas públicas no pudieran dudar, como si todo tuviera que formularse con la pulcritud de un comunicado.
Estamos en la sociedad de las trincheras, una sociedad que te obliga a posicionarte en un bando y además portar su bandera. Si no dices claramente en qué lado estás, te colocan automáticamente en el otro. Esto empuja a que los referentes culturales tengan que medir cada palabra por miedo a la cancelación.
Y además, ¿qué pasa? ¿Qué pasa por admirar a Picasso o a Caraballo o a Michael Jackson o a John Lennon? ¿Es que acaso sus comportamientos personales borran de un plumazo lo que significaron para la cultura?
Caraballo mató a un hombre en una pelea y tuvo que huir de Roma, pero siendo fugitivo se convirtió en uno de los grandes maestros del barroco.
Michael Jackson, el hombre que cambió la música pop, se enfrentó a acusaciones de abuso infantil y John Lennon, símbolo del pacifismo y del 'Imagine', reconoció años después haber sido violento con algunas de sus parejas durante su juventud.
Rosalía dijo simplemente que admiraba, que admiraba a Picasso, el padre de la pintura moderna, el hombre que revolucionó el arte del siglo XX con el cubismo y uno de los españoles más universales. Precisamente en lo que la artista catalana es ahora mismo un referente.
Rosalía ha pedido perdón y quizá eso cierre esta polémica concreta, pero deja abierta una pregunta. Si hasta una conversación serena en la que valoras la obra de Picasso acaba en una rectificación pidiendo disculpas públicas, ¿cuánto espacio nos queda ya para hablar de verdad?



