"Lo ocurrido en Galicia no es solamente una anécdota, es el reflejo de una realidad silenciosa: la de quienes no tienen a dónde volver cuando la medicina ya ha terminado su trabajo"

La comunicadora de 'La Tarde' analiza la situación del paciente atrincherado en el Hospital Universitario de Lugo 

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Tres semanas resistiéndose a abandonar el hospital con el alta médica firmada, sin criterios clínicos para seguir ingresado, pero sin marcharse. Es lo que está pasando en el Hospital Universitario de Lugo, donde un paciente se ha atrincherado, por decirlo de alguna manera, en su habitación y dice que no se marcha, se niega a abandonarla.

No sabemos su identidad, pero sí ha trascendido que tiene más de 60 años y el hospital ahora mismo está buscando una solución para esta situación porque la cama médicamente ya no le corresponde. El hombre ingresó hace un mes por una descompensación en una enfermedad crónica que padece, pero los médicos consiguieron, afortunadamente, estabilizarla y le dieron el alta: vida normal y un tratamiento que ya podía tomar en su casa, pero él no se marchó.

Ahora sigue diciendo que no a los intentos de servicios sociales de buscarle plaza en una residencia. Ahora mismo vive solo en esa habitación del hospital y, aunque no suele dar problemas, cuentan que acostumbra a pasearse por los pasillos con una radio a todo volumen. Las enfermeras le llevan el tratamiento a su hora, pero no recibe atención médica porque no la necesita. Sabemos también que no ha recibido ni una sola visita desde que ingresó en el hospital, lo que hace pensar que la soledad podría ser uno de los factores que le impulsa a seguir viviendo allí.

Puede parecer un caso excepcional, pero no lo es tanto. La negativa de algunos pacientes a recibir el alta es una realidad relativamente frecuente en los hospitales de nuestro país. No siempre hay conflicto; a veces lo que hay es miedo, soledad o falta de alternativas.

Fíjate, hace unos meses en el Hospital Virgen del Rocío de Sevilla, este hospital publicó un estudio con un dato llamativo: el 3,5% de las altas anuales en medicina interna se retrasaron por causa social o familiar. En más de la mitad de los casos (un 51,8%), el problema era la sobrecarga o incapacidad de los familiares para asumir los cuidados necesarios. En un 21,8% de los casos, directamente no había red de apoyo, ni familiares ni entorno que pudiera hacerse cargo; estaban completamente solos.

El hospital entonces deja de ser solamente un centro sanitario y se convierte en refugio provisional. Durante la pandemia esta situación se multiplicó por el miedo a sufrir complicaciones en casa o a contagiar a los suyos. En algunos casos, las altas forzosas acabaron tramitándose en los juzgados porque el hospital no puede convertirse en residencia permanente; las camas son un recurso limitado y necesario para otros pacientes.

Pero detrás de cada negativa a marcharse suele haber algo más profundo: desarraigo, soledad, dependencia o ausencia de recursos sociales suficientes. En ese caso el problema ya no es médico, el problema es social. ¿Y qué se hace en estas circunstancias? Intervienen los trabajadores sociales, se buscan plazas en residencias y se activan recursos municipales o autonómicos, pero no siempre hay una respuesta inmediata y a veces hasta el propio paciente se niega.

Lo ocurrido en Galicia no es solamente una anécdota, es el reflejo de una realidad silenciosa: la de quienes no tienen a dónde volver cuando la medicina ya ha terminado su trabajo. Y ahí la pregunta no es solo quién paga la cama, sino qué red de apoyo estamos ofreciendo fuera de ella.

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