La Iglesia celebra la regularización de 500.000 migrantes y pide ir más allá de los papeles para lograr una integración más plena y una sociedad más humana
Mons. Fernando García Cadiñanos, responsable de Migraciones del Episcopado, analiza en COPE el reto de la integración y critica el miedo y la desigualdad global

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El Gobierno ha aprobado un proceso de regularización extraordinaria de migrantes del que se beneficiarán cerca de 500.000 personas. La Iglesia ha recibido la noticia como un paso necesario y positivo, aunque insiste en que el verdadero desafío comienza ahora: la integración. Así lo ha explicado Mons. Fernando García Cadiñanos, obispo de Mondoñedo-Ferrol y responsable de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española (CEE), en el programa ‘La Linterna de la Iglesia’, emitido en COPE y presentado por Irene Pozo.
Para la Iglesia, esta medida responde a una preocupación fundamental. “Para nosotros lo importante es el cuidado de las personas”, ha afirmado García Cadiñanos, subrayando que era una iniciativa en la que diversas organizaciones eclesiales se habían implicado “muy directamente”. El obispo ha recordado que el propio presidente de la Conferencia Episcopal Española había insistido en esta necesidad en los discursos de apertura de las asambleas plenarias.
El objetivo de esta norma es permitir que miles de personas que ya residen en el país puedan acceder a un trabajo legal, contribuyendo “con sus aportaciones a la seguridad social y con sus aportaciones a través de los impuestos al bien común de nuestra sociedad”. Según el responsable de Migraciones de la CEE, esta regularización administrativa era clave para la “integración más plena y al ejercicio de los derechos de las personas que ya están en nuestro país”.
Un camino hacia la integración plena
Este proceso llega para respaldar casi cinco años de trabajo de 900 organizaciones, tanto civiles como eclesiales, que impulsaron una Iniciativa Legislativa Popular (ILP) con este fin. La medida complementa el actual reglamento de extranjería, ofreciendo una respuesta a quienes no podían acogerse a otras vías ordinarias. Se busca así dar “una tranquilidad a muchas personas que ya estaban” y regularizar una necesidad imperiosa en el mercado laboral.
Sin embargo, monseñor García Cadiñanos ha querido dejar claro que “regularizar es solo el primer paso”. El siguiente horizonte, mucho más complejo, es el de la acogida y la integración real, que implica garantizar el acceso a una vivienda digna, un empleo digno y a la educación. En esta línea, ha recordado el documento de la CEE titulado ‘Comunidades acogedoras y misioneras’, que aborda las migraciones como un reto para la hospitalidad cristiana.
A partir de esta nueva situación legal, ha añadido el obispo, “de lo que se trata es de que entre todos, pues, intentemos descubrir lo que de esperanza tienen para nuestra cultura, lo que de esperanza tienen para nuestra vida social, y que de esa manera, pues nos podamos enriquecer”.
El origen del problema: un sistema injusto
Al ampliar la mirada, el responsable de Migraciones del Episcopado ha señalado la raíz del problema. “Yo creo que el gran reto fundamental es el tema de la desigualdad, de la inequidad y de la injusticia manifiesta en nuestro mundo”, ha sentenciado. Considera que muchos flujos migratorios son consecuencia directa de un sistema que no permite un desarrollo vital seguro en las “naciones empobrecidas”, lo que obliga a las personas a buscar un futuro mejor lejos de sus hogares.
Por ello, ha defendido que la solución de fondo pasa por “transformar este sistema económico” y cultural para construir un mundo más justo. Es la única forma, según él, de que el derecho a migrar, así como el derecho a no migrar, se pueda ejercer de forma libre. La Iglesia, ha explicado, no solo habla de acogida, sino que también trabaja en los países de origen y reconoce el derecho de los Estados a regular los flujos, siempre desde el prisma del bien común.
Superar el miedo a través del encuentro
Preguntado por si España y Europa están preparadas para afrontar este desafío, García Cadiñanos se ha mostrado cauto. Ha lamentado que “las ideologías y muchas veces desde los sentimientos, desde los miedos, pues nos impiden hacer un discernimiento adecuado de este fenómeno”. En su opinión, los discursos actuales están demasiado marcados por las “falsas noticias o por el miedo”, lo que impide abordar la realidad de una forma serena y constructiva.
Como antídoto, el obispo ha propuesto la cercanía. “Yo creo que ante la realidad de las migraciones, el encuentro con las personas, con sus historias, con sus proyectos de vida [...] nos ayuda a romper muchas barreras, a romper muchos prejuicios”. Ha insistido en distinguir el fenómeno general de las personas concretas: “Cuando hablamos de las migraciones como fenómeno en general, nuestros discursos se rompen cuando nos encontramos con personas concretas”.
Finalmente, ha concluido con una nota de optimismo, afirmando que la sociedad española es “fundamentalmente una sociedad de acogida”, donde los migrantes, en general, se han integrado de forma muy positiva. Un camino que, gracias a esta regularización, puede ahora continuar sobre una base más sólida de derechos y seguridad.
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