"Cada seminarista es un recordatorio de que Dios sigue llamando y de que todavía hay quien escucha"

Escucha el monólogo de Irene Pozo en 'La Linterna de la Iglesia'

- 2 min lectura | 2:24 min escucha

Qué tal, muy buenas noches. Este domingo, la Iglesia celebra el Día del Seminario, y no sé si somos muy conscientes de lo que esto significa. Tengo la suerte de contar con algunos amigos sacerdotes y muchas veces hemos hablado de la vocación. Me admira cuando alguien es capaz de escuchar esa llamada de forma tan profunda en su corazón y responder con un “sí” generoso, valiente y lleno de fe. Un “sí” que no siempre es fácil, que implica renuncias, entrega y confianza absoluta, pero que también está lleno de sentido, de alegría y de una vida entregada a los demás.

La verdad que es un regalo inmenso. En ellos encuentro una cercanía sincera, una escucha sin prisas y una capacidad de acompañar que nace, precisamente, de su propia entrega.

Son personas normales, con sus alegrías y dificultades, pero con un corazón especialmente dispuesto a servir y a sostener a quien lo necesite, siempre presentes en los momentos más importantes de la vida. Una presencia que también nos acerca, de una forma muy concreta, a Dios.

Claro, uno mira al mundo, tan convulso, tan lleno de incertidumbres, un mundo donde se valora lo inmediato, lo útil, lo rentable, y no es consciente de que hay jóvenes que, en silencio, toman un camino distinto. Jóvenes que dicen “sí” cuando todo invita a decir “espera”, “más adelante”, “ya veré”. Jóvenes que deciden entregar su vida y responder a una llamada. Una llamada que no está exenta de dudas, de miedos, de renuncias, pero que, precisamente por eso, se vuelve aún más auténtica.

Ser seminarista no es refugiarse del mundo. Es, precisamente, lo contrario. Vivimos un tiempo donde se hace más necesario que nunca el dialogar con la realidad de hoy. Y ellos se preparan para estar en medio de la vida real: acompañando, escuchando, sosteniendo, celebrando, siendo presencia, y siendo puente entre Dios y un mundo que, muchas veces sin saberlo, lo sigue buscando.

Y en una sociedad que a veces desconfía, ellos siguen creyendo. Y no lo hacen porque lo tengan todo claro. Lo hacen porque confían. Confían en que esa voz que un día les llamó, merece la pena. Por eso hoy no es solo un día para hablar de vocaciones. Es un día para dar las gracias.

Gracias a quienes han dicho que sí. Gracias a quienes siguen en camino, incluso en medio de las dudas. Porque cada seminarista es, en el fondo, un signo. Un recordatorio de que Dios sigue llamando. Y de que todavía hay quien escucha. Y un ejemplo, porque en su “sí”, de alguna manera, también se sostiene el nuestro.

Quizá por eso, hoy más que nunca, merece la pena mirarles y preguntarnos también nosotros a qué nos está llamando la vida.

Visto en ABC

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