"Los sacerdotes cuidan de nosotros con esa entrega silenciosa que muchas veces pasa desapercibida"

Escucha el monólogo de Irene Pozo en 'La Linterna de la Iglesia'

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Qué tal, muy buenas noches. Lo primero que se me pasa por la cabeza, después de escuchar algunos testimonios de sacerdotes, es un sentimiento de gratitud. En unos días, Madrid va a celebrar un encuentro con sus curas, jóvenes y mayores, para compartir la vida y los retos que la Iglesia tiene por delante. 

Y esa vida, es una vida que merece la pena conocer. Mira, una de las historias que compartían en redes sociales lanzaba una pregunta: ¿sabes cuál es la diferencia entre un cura y un laico como tú? Y ponía varios ejemplos de la vida cotidiana: ambos necesitamos un café según abrimos un ojo, tenemos amigos que queremos muchísimo, todos sabemos que una comida familiar recupera la semana, y acababa diciendo: diferentes vidas, pero todos necesitamos que nos cuiden.

Son personas normales, con alegrías, cansancio, preocupaciones y sueños, pero que cada día eligen acompañar, escuchar y sostener, y muchas veces lo hacen en silencio, sin reconocimiento ni aplausos, al más puro estilo de Jesús.

Y es que ser sacerdote es mucho más que predicar los domingos en Misa o administrar los sacramentos, también es caminar con los vecinos por calles que a veces nadie más recorre, acompañar a las familias en los colegios, en los barrios, en los hospitales, en tantas parroquias que son verdaderos lugares de refugio, especialmente cuando la vida nos sacude.

Cuidan de nosotros. Mucho. Y lo hacen con paciencia, con cercanía, con esa entrega silenciosa que muchas veces pasa desapercibida. Y rezan por cada una de nuestras preocupaciones conocedores del poder transformador que tiene la oración. Una oración que también ellos necesitan. La oración también es una forma de cuidado.

Porque detrás de cada gesto que recibimos, de cada visita, de cada consejo, hay un corazón que necesita ser sostenido. Rezando por ellos, acompañándolos con nuestra gratitud y nuestro afecto, les devolvemos un poco de todo lo que ellos nos regalan cada día. Y así, cuidarnos unos a otros se convierte en un círculo que no se rompe, donde la fe y la fraternidad se viven en la vida cotidiana.

Hoy doy gracias por ellos por estar, por acompañar, por no rendirse. Gracias por caminar con nosotros en lo cotidiano, en lo sencillo, en lo que a veces pasa desapercibido. Gracias por ser, sobre todo, personas humanas, cercanas, que eligen vivir su vocación con entrega. Gracias por hacernos mejores.

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