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Jesús Sánchez: “La falta de dinero ha bajado incluso la delincuencia”

Párroco en uno de los barrios más peligrosos de Caracas

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Bárbara Archilla
@babushkarchilla

Redactora de 'Herrera en COPE'

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 11:34

Jesús tenía una vida normal en Córdoba. Se había echado novia, trabajaba como electricista. Tenía su fe. Era un joven feliz. Pero un día algo le hizo click en la cabeza. Fue en la JMJ del año 2008 en Australia.

Allí decidió que quería ser sacerdote.

Ahora, es párroco en una de las barriadas más peligrosas del mundo, Petare, el suburbio más grande toda América Latina y también el de mayor tasa de homicidios. En Venezuela. Allí lleva 12 años. Los vecinos sufren la pobreza, la falta de medicamentos, la corrupción de las autoridades y el coronavirus solo ha sido, como dicen allí, “otra ralla más pal tigre”.

Digamos que allí la gente se muere de muchas cosas y es difícil diferenciar de qué... Dice Carlos Herrera que el coronavirus quizá sea la raya del tigre más pequeña, porque allí no existe el ERTE, el que no cobra, no come, y directamente es un problema más a los que ya había. Y eso que cuando Jesús llegó a Venezuela “no estaba tan mal. Siempre se ha visto el declive pero en estos últimos 5 años se ha acelerado, sobre todo problemas con la comida.”

El dinero ha perdido su valor, y ha bajado incluso la delincuencia porque robar en la calle ya no resuelve nada. Es lo que cuenta Jesús, desde un barrio donde la delincuencia, con fuego cruzado, suele ser la realidad. Entre bandas, y la policía de Nicolás Maduro, la seguridad está cuestionada.

Dentro del barrio, hay diferencias sociales, pero las casas son humildes, las más grandes de 40 m cuadrados, “con techos de uralita, con los cables por fuera, ladrillo visto y el suelo de arena con un poco de cemento.” Ellos mismos los construyen, y a esto se une la falta de medicamentos. “Personas que necesitan sus pastillas para la tensión, el azúcar, problemas renales. Ayer buscaba unos medicamentos que sobrepasan el sueldo mínimo”. Por ejemplo, salir de casa de Araceli Guzmán, le parte el corazón, una señora que perdió un hijo, y que ahora lucha por sobrevivir, sin agua, con su otra hija, con una enfermedad degenerativa, mientras aguanta su propio dolor por unas llagas en las piernas. “Es una situación que se me escapa de las manos”.

La cuarentena, se pueden imaginar, no es posible, se hace en las puertas de las casas, dentro del barrio no llevan mascarillas “porque es como un lugar seguro para ellos”, nadie tiene acceso a la prueba, pero hay de 2 a 3 muertos diarios, y “uno asume que la principal causa será el coronavirus”. Dice Jesús Sanchez, que “vine aquí porque el párroco que estaba aquí se iba a una zona aún más conflictiva, asique confío en Dios”. Volver a su Córdoba natal no es una opción de momento, hasta que el Señor disponga.

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