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Luis del Val: "Manuel Marchena se ha convertido en el Rafa Nadal de los jueces"

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Tiempo de lectura: 2'Actualizado 11:51

No debe ser fácil. Saber que los focos y las cámaras, y la atención de una mayoría de los ciudadanos de tu país se centran en las expresiones de tu rostro, en lo que hagas y cómo lo hagas, y soportar la presión, y actuar como si fuera un día más… no debe ser nada sencillo.

Hablo de muchas cosas, de ese futbolista que está ante la portería y de la punta de su bota depende la victoria o la derrota; de ese político que, ante una situación difícil tiene que anunciar una medida tan molesta como pero necesaria; de esos momentos en los que se está tan cerca de la decepción de los demás como de su conquista. Hablo, por ejemplo, de un hombre nacido en Canarias, que pasó parte de su infancia en el Sáhara, y que estudió Derecho en el País Vasco.

Quiero decir que hablo de un hombre que se conoce nuestro país de Norte a Sur, y que sabe lo que es la envidia, porque por impartir unas conferencias, los envidiosos pretendieron denunciarle, como si fuera un pluriempleado, cuando todo el mundo tiene derecho a impartir clases y conferencias, a escribir libros y a cobrar por ello, faltaría más, porque ser juez no es exactamente lo mismo que ser monje trapense con voto de pobreza.

Hablo de Manuel Marchena Gómez, 60 años, que ha presidido el tribunal del juicio más trascendente de la historia de nuestra reciente democracia, precisamente cuando se puso en peligro la democracia.  Y ha soportado la presión, y ha actuado, en todo momento, con tanta limpieza como rigor, incluso ha demostrado que posee una próstata a prueba de cualquier resistencia, porque es difícil que un ser humano soporte tanto tiempo sentado, sin una debilidad que le obligue a una pequeña ausencia.

Y, al cabo de muchos días, tras la exposición y el nudo, ayer se cerró el segundo acto, a la espera de que el tercer acto venga con el desenlace de la  sentencia, y Manuel Marchena ha salido convertido en el Rafa Nadal de los jueces, porque no ha perdonado un set, no ha despreciado una pelota, nunca se ha dado por vencido, ni siquiera cuando ayer le dijeron que no hiciera de juez, que actuase como político, que es algo así como si Jack el Destripador, que nunca fue detenido, hubiera dicho que lo suyo no era una cuestión de la Justicia, sino de la cirugía abdominal.

Y recuerdo las palabras con las que concluyó este segundo acto, con las mismas, exactamente las mismas palabras que se emplean, de manera rutinaria, en cualquier juicio en el que no hay cámaras, ni periodistas, ni expectación. Y fueron estas cinco palabras: “Por favor, desalojen la sala”.

Y puede que les parezca una tontería, pero a mí me reconfortó la expresión rutinaria, porque me demostraba que todos somos iguales ante la ley, aunque también es probable que el día en que vayamos a un juicio como testigos o como imputados, no tengamos la suerte de que presida el tribunal un juez de la categoría de Manuel Marchena Gómez.

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