El bonito homenaje de Luis del Val a Zaragoza

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Hoy, al salir a la calle,

habrán notado que un viento 

es dueño de Zaragoza 

y sacude sin remedio,

que es que, si cruzas la acera,

te crees que eres un velero 

que ha salido de Delicias 

y va a llegar Torrero, 

aunque aquí no hay ningún mar,

a no ser que al río Ebro 

lo hayan ascendido tanto 

que se crea el mar Tirreno. 

Y es que este abrazo tan fuerte, 

-aquí le llamamos cierzo- 

te azota por todas partes, 

te recorre todo el cuerpo 

se introduce por la ropa, 

y penetra hasta los huesos.

Y eso, ahora, que aun es verano, 

resistirlo no es un mérito, 

mas cuando venga el otoño, 

y, sobre todo, el invierno,

notas un escalofrío, 

sobre todo en el pescuezo, 

que es que crees que la bufanda 

es un pedazo de hielo. 

Nuestros paisanos de Huesca,

tan cerca del Pirineo, 

a todos zaragozanos 

nos llaman, con pitorreo, 

el pueblo de los cheposos. 

Y es que, cuando viene el cierzo,  

hay que agachar la cabeza, 

doblar con urgencia el cuello, 

y sujetarte la boina

-si no es la boina, el sombrero- 

y te sale aquí una chepa, 

que es envidia de loteros. 

Claro, que hay una ventaja 

que la hay en poquicos pueblos, 

y es que, en contaminación, 

somos de lo más higiénico: 

la atmósfera siempre está limpia, 

el aire parece nuevo, 

y miras el horizonte

y te parece de estreno, 

porque el cielo lo han limpiado 

los duendes, que están muy lejos, 

en las cumbres del Moncayo, 

y, desde allí, bajan prestos 

para barrer suciedades 

y purezas respiremos. 

Las mozas tienen cuidado

en los días como estos,

y en la plaza Paraíso, 

en la esquina del Elíseos, 

las sayas suben p’arriba

como si huyeran del suelo. 

Termino con estas jota 

que lo explica muy escueto: 

“La rodilla se te ve

con la falda que te has puesto, 

pero menudo paisaje 

nos enseñó luego el cierzo”.