

"Seguir en Moncloa ya no le merece la pena ni a los candidatos del PSOE ni a la izquierda en general, que no hace más que cosechar derrotas históricas; sólo a Sánchez"
Jorge Bustos analiza el arranque de precampaña en Castilla y León y las declaraciones de Sánchez en el mitin de Ponferrada
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Como cualquier autócrata vocacional, Donald Trump no lleva nada bien la separación de poderes y seguramente no puede entender cómo es que una mayoría de jueces conservadores como la que forma el Tribunal Supremo se atreve a poner obstáculos a su voluntad. La semana pasada el Tribunal Supremo de Estados Unidos declaró ilegal la mayor parte de la política arancelaria decidida por el presidente, porque este no puede tomar una decisión así sin contar con el refrendo del parlamento. Es un caso clásico de extralimitación del poder ejecutivo que choca contra el judicial.
Esto sucede en todas las democracias presididas por alguien que decide no respetar los límites de su poder. Trump no tiene a un “Cándido Conde-Pumpido” que le enmiende las decisiones del Supremo, así que tiene que acatar si no quiere abocar al país a una crisis institucional sin precedentes. Aunque los jueces ya han tumbado antes medidas inconstitucionales suyas, sobre todo en política migratoria, Trump estaba especialmente orgulloso de su política arancelaria; para él, 'arancel' era una de las palabras más bonitas del diccionario. Está convencido de que la única manera de que América sea grande de nuevo es revirtiendo la globalización.
Él cree que a golpe de impuestos puede obligar a regresar a Estados Unidos a las industrias que migraron a países asiáticos en busca de mano de obra barata. Como todos los demagogos, Trump es un cortoplacista; sabe que los aranceles no bajarán la inflación, pero llenarán las arcas del Estado para financiar programas o comprar el voto clientelar ante las elecciones de medio mandato de noviembre. Al verse frustrado por la sentencia, Trump reaccionó diciendo: “Puedo hacerles lo dinero. Se me permite destruir el país, pero no puedo cobrarles una pequeña tarifa. Podría poneros una pequeña tarifa de 22 centavos, pero no puedo cobrarles nada bajo ninguna circunstancia”.
No estamos ante un campeón del estoicismo; Trump está cabreado y ha decidido redoblar la apuesta anunciando un arancel global del 15%, el máximo legal por periodos de 150 días. Esto ha extendido la confusión a los mercados mundiales y la Comisión Europea ha exigido claridad sobre cómo afectará a los productos europeos.
Europa ha recordado el acuerdo alcanzado en julio pasado en un campo de golf en Escocia entre Trump y Ursula von der Leyen. Aquel pacto, por el que fue criticada la presidenta de la Comisión, establecía que los productos europeos abonarían una tarifa del 15% mientras que a los estadounidenses se les aplicaría el 0%. Era una desventaja obvia, pero se aceptó por pragmatismo. Ahora no se sabe si Trump respetará lo acordado o impondrá aranceles adicionales, alterar las condiciones del acuerdo de julio.
Además, el acuerdo de Escocia no está en vigor porque el Parlamento Europeo no lo ha aprobado. Hoy mismo, la Comisión de Comercio celebra una reunión donde el sector socialista propondrá no ratificarlo, mientras que Von der Leyen pedirá el apoyo del Partido Popular Europeo para no abrir otro frente contra Trump. Ahora, eso de exigir claridad a Trump suena tan ingenuo como pedir peras al olmo.
Precampaña en Castilla y León
Mientras tanto, en España, arranca la precampaña para las elecciones en Castilla y León del 15 de marzo. Ayer, Pedro Sánchez estuvo en Ponferrada prometiendo que el PSOE ganará en una comunidad, donde según Pedro habrá un presidente socialista donde no gana la izquierda desde que el Cid marchó al destierro. El candidato es Carlos Martínez, y el presidente está repitiendo con él la misma estrategia que con otros candidatos previos.
Sánchez afirmó: “La verdad demuestra que España va como nunca y que la oposición miente como siempre. ¿Que si merece la pena? Merece la pena hasta 2027 y más allá”. Lo que no se le puede escatimar al presidente es voluntad, ganas le echa, lo que no sé si este mantra de que “España va como un cohete y el que diga lo contrario miente, como la oposición” funciona.
Y, además, da igual lo que digan los datos y las urnas, porque Pedro no se va a ir, porque le merece mucho la pena seguir viviendo en la Moncloa. El problema, presidente, es que sólo te merece la pena a ti. Ya no les merece la pena ni a tus candidatos, ni a tu partido, ni a la izquierda en general que no hace más que cosechar derrotas históricas, una tras otra. Esa infantería de la que habla Emiliano García-Page, la que estaba detrás del presidente ayer en el mitin de Ponferrada, son sus rehenes, su carne de cañón, pero todos en ese partido parecen felices de serlo, como en la inolvidable película de José Luis Cuerda. Hoy ha vuelto a amanecer otra vez en el PSOE, que no es poco.



