Antonio Agredano y la devastación del agua: "Si un río ingobernable convirtiera tu vida en cauce, ¿qué cogerías?"
El cronista de Herrera en COPE le pone voz y letra a las situaciones que está dejando el paso de la borrasca Leonardo.

Lluvia, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
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Antonio Agredano le pone voz y letra a las situaciones que está dejando el paso de la borrasca Leonardo.
LLUVIA
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Lluvia, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
¿Qué cogerías de tu casa si te dijeran que debes abandonarla de inmediato? Si no supieras qué quedará allí al regresar. Si el agua entrara furiosa en las habitaciones, en tus cajones, en tus recuerdos. Si un río ingobernable convirtiera tu vida en cauce. Qué cogerías. Qué salvarías de las fauces embarradas de la corriente. Qué dictaría tu corazón acelerado.
Y luego mirar atrás. Calle arriba. La fachada blanca. Los misterios de la vida en su interior. Los ahorros ahí invertidos. Las patatas guisadas que se han quedado sobre la hornilla recién apagada, listas para el almuerzo. El televisor que acabáis de comprar. El pijama doblado sobre la silla. La cama del perro y su escudilla de agua en un rincón.
Ay. El peluche de la niña. El de Stitch. Te acordarías a medio camino. «Deberíamos haber cogido el Stitch de la niña», le dices a tu marido. «Por si esta noche nos ponen a dormir en un pabellón, si lo tuviera seguro que descansaría mejor». Las lágrimas contenidas. La falsa tranquilidad a su alredor. «Lo mismo no llega el agua allí, mañana estamos de vuelta», dice él. Pero la voz tiembla y su mirada se pierde lejos, muy lejos, de la carretera.
Piensa en Valencia. Lo ha escuchado por la radio. Lo ha visto en la televisión. «A esta altura llegaba el agua», le dijo un amigo bombero que había estado vaciando casas allí. Levantaba la mano por encima de su cabeza. «Hasta aquí o más. Una ruina». Él conduce hasta donde le han dicho. Hasta otro municipio. Para ponernos a salvo. Jamás había usado la palabra «desalojados» hasta hoy.
Una bolsa con mudas en el maletero. Lo justo. No daba tiempo para más. «Es por su seguridad», le había dicho el tipo uniformado. Su calma le había aliviado. «A veces hay que ponerse en lo peor», decía su vecina, con una maleta pequeña en la mano.
Qué frágil es la vida. Como un vaso que un niño tira de la mesa. Que estalla sin remedio. Que pierde su orden y su utilidad. Que parece empezar de nuevo muchas veces. Los acontecimientos. Lo inesperado. Un dolor silencioso. Nos queremos mostrar enteros. Fuertes. Pero has olvidado el peluche de la niña. Y ya es tarde para volver. Piensas en la noche. Piensas en lo que dejaste atrás. Y en la vecina diciendo que a veces hay que ponerse en lo peor. Y en una casa abandonada a su suerte. No una casa cualquiera. Una a la que llamas hogar.



