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Librera, taxista y música callejera: ¿a qué suenan las calles cinco meses después del estado de alarma?

El 14 de marzo se decretó el estado de alarma y el 21 de junio terminó. Hoy nos paramos a oír cómo han cambiado las cosas y cómo se busca la vida la gente

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Tiempo de lectura: 4'Actualizado 15 ago 2020

Vistos los datos parece que no nos acordamos pero fue el 14 de marzo cuando se activó en este país el estado de alarma. Cinco meses desde aquellas calles forzosamente vacías, con controles policiales en todas partes y negocios cerrados. Un abrumador silencio y un país irreconocible.

Se respiraba el miedo a infectarnos si salíamos de casa, y solo algunos sitios muy específicos seguían abiertos: hospitales, farmacias, supermercados... y otros servicios fundamentales.

Todas las demás tiendas estaban cerradas a cal y canto.

La situación es muy crítica, vivimos en una emergencia social y sanitaria nunca antes vista con una económica al borde del abismo, y aun así la vida sigue y nuestras calles suenan, ¿a qué? Lo vamos a averiguar.

Nuestra primera invitada nos cuenta que las calles suenan a la emoción de abrir un negocio por primera vez, como ha hecho Sandra Alonso, que acaba de abrir una librería de literatura infantil en Zamora. Sandra reconoce que ha “perdido la cuenta” de cuántas veces le han dicho que abrir una librería en este momento, es un suicidio económico: “Ahora me dicen que soy muy valiente, y yo la verdad es que no sé si soy valiente o loca”.

A Sandra no le para ni el coronavirus ni la crisis del libro ni el reto que supone poner en marcha un negocio para niños en la provincia española con menor tasa de natalidad de la última década en España, y ella reconoce que “escucharlo así me hace sentir valiente, pero luego viéndolo por mi parte digo ‘esto es un sueño, increíble, lo deseaba hacer sobre todas las cosas’”.

Sandra ha abierto este pasado mes de julio y es la primera librería de Zamora, exclusivamente de libros infantiles pero la idea le venía de antes del confinamiento: “Llevo cinco años metida en redes sociales haciendo reseñas a diario y este año, a principios, decidimos embarcarnos en esta aventura. El 19 de febrero firmé el contrato del local y el 14 de marzo se paró el mundo, algo que no me esperaba para nada, y de hecho la gente me decía ‘con la que se viene encima cómo se te ocurre’, pero es que realmente yo no me imaginaba para nada que esto iba a pasar. Creo que de todo se aprende y se sale, también es verdad que me vino muy bien porque me hizo parar, tomar las riendas un poco mejor y ha sido positivo para orden en la cabeza”.

“Yo más que por el negocio, quería aportar mi granito de arena para que los niños lo tuvieran más fácil durante el estado de alarma”, asegura ella: “Era otra ventana abierta para ellos, así lo planteé”.

El confinamiento sin duda ha sido un obstáculo y, además, emprender es iniciar un camino, no exento de riesgos, y lleno de sacrificio, aunque la recompensa final bien merece ese esfuerzo, y Sandra reconoce que “llego a casa reventada, pero luego lo pienso y es un cansancio tan bueno que me encanta porque la librería va genial, Zamora ha respondido genialmente, incluso gente de fuera que viene solo a conocer la librería, eso me alucina, me pone la carne de gallina. Merece la pena todo”.

Llega entonces la pregunta de oro: ¿cuál es el secreto de Sandra? Pues ella no duda ni un segundo: “Disfrutarlo, si tú lo disfrutas y haces lo que te apasiona, creo que sale solo. No queda otro remedio que todo salga rodado, yo es lo que tengo demostrado, me sale solo, lo llevo dentro. Cuando recomiendo un cuento o se lo cuento a un niño para que lo conozca, de verdad que lo disfruto”.

Las calles también huelen al esfuerzo de Maro Ramallo, posiblemente el taxista más joven de España. Tiene 19 años y sólo le basta un rato al volante para demostrar que la juventud se compensa con ilusión y muchas ganas de trabajar.

Maro reconoce que, “aunque por fortuna no he sufrido la muerte de ningún familiar por coronavirus, siempre hay que estar alerta en todo y, cuanto antes paremos esto, mejor”.

El problema es que el virus ha hecho que la economía se resienta y de qué manera: “Podíamos ganar al mes 2.000 euros pero con el coronavirus baja a 700 euros, y claro, pagar coche, alquiler, comida, luz y demás gastos y no nos daba, así que decidí coger el taxi porque no tengo instituto ni colegio”.

Maro reconoce que lo del taxi le viene de familia: sus padres lo son y su madre, de hecho, es la primera mujer en realizar este trabajo en Boiro. “Me gusta, me encanta conducir y, si se me presenta la oportunidad, lo hago, así que eso hice”, asegura.

Lo mejor, “ser tu propio jefe, sin presiones”, y lo peor, “que es de los más duros que hay psicológicamente, poco a poco te vas acostumbrando, pero es duro ver a tus amigos tener días libres y tú no, domingos que no puedes ir a la playa… pero bueno, estoy contento”, detalla Maro.

¿Se ve de taxista toda la vida? “Ni para toda la vida ni para un año, depende de la vida y de cómo me vaya, si no me surge nada mejor seguiré, si me surge algo mejor me iré”, reconoce.

Y también suenan a música, porque han pasado cinco meses y la calle ha estado en silencio demasiado tiempo. Ahora que hemos vuelto a nuestras vidas los sonidos han vuelto a la calle, entre ellos, la música. Los músicos callejeros han sacado de nuevo sus instrumentos para ponerle música a nuestro día a día. Greta, más conocida como Grex, es uno de estos músicos que han vuelto a la calle con su guitarra y su voz.

Grex reconoce que “estar encerrada durante cinco meses sin poder salir a la calle cuando llevo cuatro años dedicándome a esto ha sido muy duro, sobre todo los primeros días, que no me permitían tocar”. “He tirado de ahorros y de conciertos que me tenían que pagar, eso y entre mis hermanas y mi madre hemos salido adelante”, cuenta ella sobre cómo han sobrevivido estos meses.

Tras el confinamiento ha vuelto a tocar y cantar en las calles pero esta vez con unos permisos marcados por las exigencias de seguridad e higiene impuestas para evitar la expansión del coronavirus: “Los permisos estaban pedidos antes del confinamiento, pero con él no nos dieron nada. Tuvieron que pasar unas semanas para lograrlos, y además con condiciones específicas de distancia y músicos juntos en el mismo sitio. Al menos nos dejan tocar sin mascarilla”.

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