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Para matar a 492 personas, Julio apuntaba al corazón y pensaba en un animal

Escucha en Fin de Semana la vida de un asesino a sueldo

@sofigonzalo23

Redactora de "Fin de Semana"

Tiempo de lectura: 3 Actualizado13 nov 2018

Julio Santana ha matado a 492 personas. Sí, has leído bien. Han sido casi 500 personas las que le tuvieron en frente antes de respirar por última vez.

En 1999, el periodista brasileño Klester Cavalcanti conoció a Julio y haciendo uso de la curiosidad insana o incluso insensata, decidió que tenía que indagar en la vida del asesino por encargo.

Durante siete años tuvieron conversaciones por teléfono y al final de ellos, el periodista viajó hasta el lugar donde residía Julio Santana. En esos 3 días, hubo muchas, muchas horas de terroríficas descripciones en el relato de la vida de Julio. Mientras, los familiares de 492 personas lloraban a sus muertos.

De aquellas confidencias de Julio, mientras el reportero convivía con él y su familia en su casa, salió un libro estremecedor: “492 muertos”, que ha sido adaptado al cine en la película “O Nome da morte”, “El nombre de la muerte”.

El joven Julio Santana, que nació y creció en Amazonia, disparó y mató por primera vez en 1971. Tenía 17 años. Fue un encargo de su tío, asesino también por encargo y quien le introdujo en su oficio. Julio tenía que matar a un pescador y la recompensa sería: dinero, arroz, alubias, aceite y aguardiente.

Después del disparo, sintió una extraña sensación de poder, aquella que le ayudó a asestar innumerables puñaladas en la barriga del pescador. Le abrió las tripas y le tiró al río. A los pocos segundos, las pirañas acabaron con el cuerpo.

Asegura el asesino que la primera vez que apretó el gatillo para matar a una persona sintió un gran arrepentimiento, hasta el punto que sólo pudo conciliar el sueño después de rezar y prometer a Dios que nunca más lo volvería a hacer. No cumplió la promesa y Julio empezó a añadir más y más nombres a su lista de asesinatos.

“El código de honor del sicario”

Para matar, Julio seguía el consejo de su tío, el policía militar Cícero Santana, el mismo que le enseñó a disparar a una persona. Él le decía: “Apunta al corazón y piensa que vas a disparar a un animal, que vas de caza”.

Su tío le hizo memorizar una lista que llamaba: “El código de honor del sicario”: “No matar nunca a una mujer embarazada, a no ser que no sepas que lo está. No robar los bienes de las víctimas. No aceptar encargos a crédito. No matar a una persona mientras esté durmiendo. Sería una cobardía”.

Asegura que nunca ha matado por odio o por iniciativa propia y que solo mató cuando le pagaron por hacerlo.

Entre sus víctimas más jóvenes, un niño de 13 años. En 1978 le disparó en la cabeza por orden de un terrateniente de Paragominas, en Pará, que quería obligar a un matrimonio de trabajadores esclavos a volver a la hacienda de la que habían huido. El muchacho era hijo de esa pareja. En el caso de que no regresaran al régimen de esclavitud, el terrateniente los había amenazado con matar a sus tres hijos.

Julio fue detenido una sola vez, en mayo de 1987. Tenía que ahogar a una mujer, que había matado a su propio hijo ahogándole para vengarse de su marido, que tenía una amante. La resistencia de la mujer en el momento en el que Julio la asesinó, por encargo de su marido, hizo que acabara ese día en la cárcel. Pero la moto que tenía Julio sirvió como pago por su libertad, en una país donde la corrupción es un mal endémico.

De los 492 asesinatos, Julio Santana apuntó 487 en un cuaderno. Tras cumplir un encargo, añadía un nombre más a la macabra lista. Apuntaba también la fecha, el lugar del crimen, el dinero que cobró por el servicio y el nombre de quien lo contrató.

Un día leyó ese cuaderno en su casa. Entre sus víctimas había hombres, mujeres y niños. Los menores eran minoría. Solo había matado a cuatro muchachos de menos de dieciséis años. Las mujeres sumaban 59, la mayoría asesinadas por encargo de sus maridos por sospechar infidelidad.

Cuando Julio Santana quiso cambiar de vida, tiró esos cuadernos al agua junto con una pistola y dos piedras.

En Brasil, cada hora mueren siete personas asesinadas. Así que, ten por seguro, que seguirá habiendo muchos cuadernos en el mar con los nombres borrados de muchas personas. Y con ellos, eliminadas también las opciones para que sus familiares conozcan qué pasó en los últimos segundos de vida de aquellos a quienes amaron... y siguen amando.

Escucha en Fin de Semana COPE, con Cristina López Schlichting, este reportaje. 

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