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El sacerdote tetrapléjico que ha sido testigo del valor infinito de toda vida humana

El sacerdote Luis Moya ha fallecido dejando un testimonio muy valioso de la dignidad de la vida humana en cualquier situación

El sacerdote tetrapléjico que ha sido testigo del valor infinito de toda vida humana

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 09:34

El sacerdote Luis de Moya quedó tetrapléjico en 1991 tras un grave accidente de tráfico y desde entonces se dedicó a testimoniar el valor de la vida humana, también cuando está sometida a tremendas limitaciones. Pertenecía al Opus Dei y había sido ordenado sacerdote en 1981. Tras defender su tesis doctoral en la Facultad de Derecho Canónico de la Universidad de Navarra, fue nombrado capellán de la Escuela de Arquitectura de dicha universidad.

Tras el accidente que le dejó postrado en una silla de ruedas, Luis de Moya pensó que no podía consumir su vida en un lamento permanente ni sumirse en una especie de victimismo. Veía con claridad que, teniendo la cabeza sana, no había razón para no utilizarla en provecho de otros. Desde entonces residió en el Colegio Mayor Aralar y continuó desarrollando diversos trabajos pastorales durante varios años en el campus de la Universidad de Navarra. En diciembre de 1996 escribió Sobre la marcha, un libro donde relata sus experiencias y reflexiones a raíz de su accidente, del que se han publicado seis ediciones, y que se ha traducido a varios idiomas. Participó en programas de radio y televisión para promover la cultura de la vida y creó el portal Fluvium con una clara finalidad evangelizadora: todas las semanas enviaba sus ‘Novedades’ a más de cien mil suscriptores de todo el mundo. Recibía cientos de correos de gente que contactaba con él para pedir consejo o recibir una palabra de consuelo.

Todos los días hasta el pasado 27 de octubre, en que fue internado en la Clínica Universidad de Navarra, concelebraba con otro sacerdote la Santa Misa. Hasta hace poco, todos los veranos acudía en peregrinación a Lourdes, un largo viaje que le dejaba agotado pero muy contento. Con serenidad y sin alardes fue aceptando las limitaciones propias de su condición, y pasados los años decía que, a pesar de su estado, él no se cambiaría por nadie. Aprendió a dejarse cuidar con agradecimiento y a disfrutar de aficiones sencillas. Supo llevar con paciencia, serenidad y buen humor el deterioro de su estado físico en los últimos años, sin perder nunca la alegría. Para quienes la observaban desde fuera su vida podía parecer dura, sacrificada y monótona, pero él vivía alegre y confiado en los brazos amorosos de Dios.

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